20 años en un sobre amarillo

Este año he tenido que acompañar a personas cercanas en uno de los momentos más duros de su vida profesional: el despido. No cualquier despido. Hablamos de personas que entregaron más de dos décadas a una misma empresa. Gente que vio crecer a sus hijos mientras firmaba informes, que celebró cumpleaños en reuniones de trabajo, que creyó que su puesto era tan seguro como su apellido.

Y un día, de la nada, un sobre amarillo. Liquidación completa. Accesos apagados. Puertas cerradas. Todo en menos de una hora.

No voy a decir que esté mal. Las empresas cambian, los modelos de negocio evolucionan, los mercados se reacomodan. Si la empresa cumplió con sus obligaciones, si pagó puntual, si respetó los contratos, entonces no hay reclamo legal. Solo queda el silencio. Y el vacío.

Pero hay algo que no me cierra. ¿Vale la pena entregar 20 años de tu vida a una empresa que, en un día cualquiera, puede cerrarte la puerta sin despedirse siquiera?

Claro, hay quienes dirán que la lealtad es un valor. Que hay que agradecer las oportunidades. Y sí, si fuiste bien tratado, si creciste, si te pagaron bien, entonces sí, agradece. Pero también piensa: ¿qué hiciste tú por ti mientras tanto?

Porque la cruda realidad es esta: muchas de esas personas que ganaban 10 dentro de la empresa, hoy en el mercado externo no consiguen ni 4. No por falta de experiencia, sino porque el mercado no valora lo mismo que el confort de una oficina estable. Porque se quedaron en un rol, en una estructura, sin actualizar sus habilidades, sin construir redes reales, sin proyectar su carrera más allá de un título corporativo.

Nos aferramos tanto a la seguridad del trabajo que olvidamos que la verdadera seguridad no está en una empresa, sino en tus habilidades, en tu red, en tu capacidad de reinventarte.

La lealtad debe ser recíproca. Pero si solo tú la practicas, terminas con un sobre amarillo en la mano y una cuenta bancaria que no te alcanza para respirar mientras buscas otra salida.

Este no es un artículo contra las empresas. Es un llamado de atención a quienes, como yo, hemos creído que el tiempo invertido garantiza permanencia. El tiempo no garantiza nada. Lo que garantiza algo es lo que haces con ese tiempo.

Trabaja con compromiso, sí. Pero nunca dejes de trabajar en ti. Tienes que tener más de una fuente de ingreso. Tienes que ahorrar como si el trabajo fuera a desaparecer mañana. Tienes que aprender, estudiar, conectar, probar cosas nuevas. Porque no es paranoia, es previsión.

Porque un día, sin aviso, te pueden entregar un sobre amarillo. Y lo único que te quedará será lo que hayas construido fuera de la oficina.

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