
24/7: lo que nadie cuenta cuando estás “a cargo”
La industria vende los cargos de responsabilidad como un salto hacia la estrategia, la visión y el reconocimiento. Lo que omite es el contrato silencioso que firmas al aceptar el rol: te conviertes en el punto de falla definitivo. Cuando algo se rompe un domingo a las tres de la mañana, no suena el teléfono del equipo operativo. Suena el tuyo. Y la respuesta esperada es inmediata, sin preguntas, sin compensación, solo disponibilidad absoluta.
Esta dinámica se disfraza de compromiso y liderazgo, pero en realidad es una extensión no remunerada del turno laboral. Las organizaciones celebran los resultados, premian las métricas y exigen excelencia continua, pero ignoran el desgaste acumulativo de vivir con el teléfono encendido. El estrés que genera esta expectativa no aparece en las descripciones de puesto. Tampoco se mide en las revisiones de desempeño. Simplemente se normaliza como el precio del ascenso. Mientras tanto, las compensaciones se ajustan con base en la experiencia y no en la carga psicológica que implica sostener operaciones críticas. Ese desequilibrio es el motor oculto de la fuga de talento en posiciones de coordinación.
El problema no es la urgencia operativa. El problema es la arquitectura organizacional que coloca a una sola persona como red de seguridad humana. Si el sistema depende de que alguien esté despierto a cualquier hora para no colapsar, el sistema está roto desde la base. Sin embargo, seguimos aplaudiendo a quienes aguantan, a quienes responden mensajes en vacaciones, a quienes justifican la falta de límites con frases sobre dedicación profesional.
Romper este ciclo exige dejar de romantizar la disponibilidad permanente. Estar a cargo no significa ser guardia de turno. Significa diseñar resiliencia, delegar con criterio y proteger la salud del equipo, incluida la propia. Si tu título viene con un teléfono que nunca descansa, no es un ascenso. Es una trampa disfrazada de confianza. La industria debe dejar de exigir sacrificios invisibles y empezar a medir el liderazgo por su capacidad de crear sistemas que funcionen sin héroes de guardia.
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