La trampa de la motivación de otros

En los últimos años, las redes sociales se han convertido en una vitrina permanente de logros aparentes. Cada día vemos historias de personas que, según cuentan, partieron desde cero y hoy viven de lo que aman, facturan en dólares, dictan cursos desde la playa o han alcanzado la libertad financiera con solo tres pasos. Lo que no se dice, o apenas se menciona, es que la mayoría de esas narrativas son recortes selectivos, cuidadosamente editados para encajar en un guion de autoayuda algorítmicamente rentable.

Lo más peligroso no es la existencia de estos relatos. Lo verdaderamente riesgoso es que tantos profesionales los adopten como brújula personal. Ver a alguien triunfar con una fórmula específica, ya sea estudiando mecánica, vendiendo plantillas de Notion, o lanzando un SaaS desde su habitación, no significa que ese camino sea transferible. Mucho menos replicable sin entender el contexto, los recursos previos o las condiciones invisibles que lo hicieron posible.

Y sin embargo, seguimos cayendo en la trampa: la de creer que si algo funcionó para otro, debe funcionar para nosotros. Que si alguien consiguió clientes con una publicación viral, nosotros también podemos. Que si otro logró vivir de lo que le apasiona, entonces basta con encontrar esa pasión para que la vida se acomode. Esto no es inspiración. Es outsourcing emocional: delegar la definición de nuestro propósito en la experiencia ajena.

La pasión no se copia. Se descubre. Y su descubrimiento rara vez es glamoroso. No ocurre en un retiro de tres días ni en un taller de “encuentra tu ikigai”. Sucede en medio del fracaso, del tanteo, del ensayo y error. A veces, incluso, en medio del aburrimiento. Porque lo que realmente te apasiona no siempre es lo que más likes genera, ni lo que suena más épico en una biografía de Instagram. Con frecuencia, es aquello que haces sin que te paguen, sin que te vean, y aun así sigues haciéndolo.

Pero aquí viene la parte que pocos quieren nombrar: la pasión por sí sola no sostiene una carrera, ni una empresa, ni una vida digna. Lo que sostiene es la disciplina. La consistencia. La capacidad de levantarse día tras día, incluso cuando no hay motivación, ni frases pegadizas, ni recompensas inmediatas. La verdadera ventaja competitiva no es haber encontrado “tu propósito”, sino haber desarrollado la fortaleza para seguir adelante cuando ese propósito se vuelve tedioso, técnico o simplemente difícil.

El mercado actual —en particular el entorno digital— ha creado una ilusión peligrosa: que el éxito es lineal, rápido y accesible para cualquiera con una cuenta en TikTok y un discurso motivacional. La realidad es que la mayoría de los caminos profesionales sólidos están llenos de decisiones aburridas, de especialización silenciosa, de años sin reconocimiento. Nadie vende un e-book sobre “cómo pasarte seis meses aprendiendo PostgreSQL sin que nadie te felicite”. Pero son esos seis meses los que separan a quien construye algo duradero de quien solo repite discursos ajenos.

Peor aún: esta obsesión por copiar el modelo de otros lleva a muchos a abandonar lo que realmente les interesa solo porque no parece “rentable” según los estándares actuales. Se fuerzan a aprender herramientas de moda, a entrar en nichos saturados, a vender productos que ni ellos usarían, todo bajo el pretexto de que “si a otro le funcionó, a mí también puede funcionar”. Pero cuando la motivación se basa en la envidia disfrazada de aspiración, el agotamiento es inevitable.

No se trata de ignorar las señales del mercado. Tampoco de vivir en la torre de marfil del “haz lo que amas sin importar las consecuencias”. Se trata de no confundir el mapa con el territorio. El éxito ajeno es, en el mejor de los casos, una sugerencia. No una receta. Y en el peor, una distracción cuidadosamente diseñada para que sigas consumiendo contenido en lugar de crear valor real.

Si estás leyendo esto y te sientes identificado, no necesitas más frases motivadoras. Necesitas preguntas incómodas. ¿Qué harías si nadie te viera? ¿Qué harías aunque no se volviera viral? ¿Qué estás dispuesto a hacer incluso si nunca recibes un reconocimiento? Las respuestas a esas preguntas son tu verdadera brújula. No las fotos de alguien con un MacBook en una cafetería de Bali.

El camino profesional no se construye imitando, sino discerniendo. No se trata de seguir a quienes ya llegaron, sino de entender por qué llegaron, y si su destino tiene algo que ver con el tuyo. Porque al final del día, lo único que no se puede externalizar es tu propio juicio.

Deja de buscar motivación en los demás. Comienza a construir disciplina en ti. Porque nadie puede vivir tu vida, ni siquiera con las mejores plantillas del mundo.

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