Cuando el currículum no llena la olla

Hay un tipo de silencio que no se enseña en los cursos de oratoria ni se menciona en los manuales de liderazgo. Es el silencio que se instala en la cocina cuando no hay nada que cocinar. Es el que envuelve a un padre que mira a sus hijos y no puede explicar por qué esta Navidad no habrá regalos debajo del árbol. Es el que pesa más que cualquier deuda: el de la impotencia.

Muchos creen que encontrar trabajo es solo cuestión de enviar un buen CV, tener una entrevista limpia y dominar el arte del “networking”. Pero nadie habla del agotamiento mental que se acumula cuando llevas meses sin respuesta, cuando has ajustado tu perfil a cada oferta, cuando has bajado tus expectativas hasta el punto de aceptar trabajos que ni siquiera reconocen tu formación. Y, sin embargo, sigues sin ser contratado.

Imaginen esto: una persona con título universitario, con años de experiencia real —no ficticia, no aprendida en tutoriales—, que ha liderado proyectos, resuelto crisis técnicas y formado a equipos. Pero hoy, mientras revisa su cuenta bancaria, entiende que no puede pagar la luz ni comprar leche. No por falta de voluntad, sino porque el mercado, en su vorágine de algoritmos y criterios opacos, lo ha dejado fuera.

La frustración no es solo económica. Es emocional. Es moral. Cada vez que suena el teléfono y no es una llamada de reclutamiento, cada vez que un hijo pregunta “¿me vas a comprar lo que vimos en la tienda?” y la respuesta es un “no, todavía no”, cada vez que el estómago de alguien en casa suena más fuerte que las excusas que uno se inventa… ahí se rompe algo. Algo que no se arregla con un curso en línea ni con un certificado nuevo.

Y es peor cuando sientes vergüenza de confesarlo. En las redes sociales, todos parecen estar “escalando”, “cerrando rondas”, “lanzando MVPs” o “firmando contratos internacionales”. Mientras tanto, tú ni siquiera puedes actualizar tu perfil de LinkedIn sin sentir que estás mintiendo. Porque la etiqueta de “profesional independiente” suena bien, pero no paga la deuda del arriendo atrasado.

Las fechas empeoran todo. No es lo mismo no tener dinero en agosto que en diciembre. En Navidad, en cumpleaños, en el Día del Niño. Esas fechas, diseñadas para celebrar, se convierten en recordatorios crueles de lo que no puedes dar. Y no hablamos solo de juguetes. Hablamos de dignidad. De poder mirar a los ojos de tus hijos sin sentir que les has fallado. Porque, en el fondo, uno se siente culpable. No por no haber trabajado duro, sino por no haber logrado resultados visibles en un sistema que solo valora lo que se puede medir con cifras.

Pero hay algo aún más perturbador: el sistema sigue premiando la apariencia sobre la sustancia. Hay quien consigue empleo porque tiene un buen “personal branding”, mientras otro, con el doble de experiencia, es descartado porque su perfil no luce “moderno”. Se valora más un reel bien editado que una trayectoria sólida, más un discurso inspirador que una solución técnica real. Y cuando estás desesperado, incluso empiezas a cuestionarte si deberías dedicarte a vender humo en lugar de resolver problemas.

Claro, siempre aparece alguien que dice: “Si no consigues trabajo, es porque no quieres”. O peor: “Conozco a alguien que estuvo en tu situación y hoy es millonario”. Pero esas frases no alimentan. Solo profundizan la soledad de quien ya se siente invisible.

La ironía más dolorosa es que, en muchos casos, quienes sufren esta situación han sido parte del motor que mueve la economía. Han construido sistemas, mantenido infraestructuras, resuelto errores que otros ni siquiera entendían. Pero cuando su turno llega, el sistema que ayudaron a fortalecer no los reconoce. No hay red de seguridad, no hay segundo round. Solo un correo automatizado que dice: “Gracias por tu interés. En este momento no contamos con vacantes”.

Entonces, ¿qué queda? Queda la resistencia silenciosa. Queda el ingenio para alargar una lata de atún entre cuatro personas. Queda la creatividad para explicarle a un niño que “los regalos vienen cuando hay posibilidad, no cuando hay ganas”. Queda la esperanza —frágil, sí, pero persistente— de que, en algún momento, alguien mirará más allá del algoritmo, más allá del perfil, y verá al ser humano detrás del currículum.

Porque detrás de cada CV rechazado hay una historia que no cabe en un campo de 300 caracteres. Detrás de cada “open to work” hay un hogar que espera en silencio. Y detrás de cada entrevista fallida, una persona que sigue intentando, no por gloria, sino porque no tiene otra opción.

Y eso… eso no se resuelve con consejos motivacionales. Se resuelve con empatía, con sistemas más justos y con la humildad de reconocer que el mérito, muchas veces, no es suficiente.

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