¿Dónde quedó el deber de devolver lo que no te corresponde?
En las últimas semanas, un caso judicial en Chile ha encendido un debate que va mucho más allá del derecho o del error contable. Una empresa, por un fallo administrativo, transfirió a un empleado no su salario habitual, sino una suma cercana a los 200 mil dólares. El monto equivale a varios años de ingresos para cualquier trabajador promedio. Lo que siguió no fue una llamada al departamento de recursos humanos, ni una notificación de “aquí hay un error”. Fue silencio. Y luego, una demanda. Pero lo más llamativo no fue la acción del trabajador, sino la decisión del tribunal: falló a su favor. Legalmente, no tenía obligación de devolver el dinero.
Este veredicto ha sido celebrado en algunos círculos como una especie de justicia poética. “Después de todo, las empresas nos explotan”, dicen. “Es su castigo por décadas de abuso”, argumentan otros. Pero detrás de esa lógica emocional, hay una pregunta más profunda, más incómoda: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a justificar lo que sabemos que está mal, solo porque nos beneficia?
Imaginemos un escenario distinto. Estás vendiendo tu casa, quizás la única que tienes, tras años de esfuerzo y sacrificio. Por un error, depositas el dinero de la venta en la cuenta de un trabajador —tal vez tu electricista, tu asistente o alguien que te ayudó en el proceso— y esa persona, al ver el monto, decide no devolvértelo. ¿Seguirías pensando que está bien quedarse con lo que no le corresponde? ¿Defenderías con la misma convicción su derecho a conservar ese dinero?
Aquí no se trata de defender a las grandes corporaciones ni de ponerlas en un pedestal moral. Se trata de algo más básico: la coherencia. Si esperamos que los demás actúen con integridad cuando nos perjudican, ¿por qué no exigirnos lo mismo cuando somos nosotros quienes recibimos un beneficio inmerecido?
La ley, en muchos casos, es el mínimo ético. Puede permitirte quedarte con algo que no es tuyo, pero eso no lo convierte en correcto. La ética no se negocia en tribunales; se decide en la conciencia de cada uno. Y cuando normalizamos la idea de que “si puedo, me lo quedo”, no solo erosionamos la confianza social, sino que también cavamos una zanja más profunda entre lo que es legal y lo que es justo.
Peor aún: cuando celebramos estas decisiones como actos de “inteligencia” o “suerte”, estamos enseñando a las nuevas generaciones que la honestidad es una debilidad, que la integridad es un lujo que solo pueden darse los ricos, y que el sistema está para ser aprovechado, no para ser respetado. No es casualidad que en contextos donde prevalece esta mentalidad, también crezcan la corrupción, la evasión y la desconfianza generalizada.
En un mundo donde la tecnología acelera los errores —y también las oportunidades de beneficiarse de ellos sin ser descubierto—, la verdadera distinción no será entre quienes saben usar una herramienta y quienes no, sino entre quienes eligen hacer lo correcto aunque nadie los vea, y quienes solo actúan bien cuando hay consecuencias.
Claro, también hay una responsabilidad de las empresas. Un despido injusto, un incumplimiento salarial o una carga laboral abusiva no se compensan con un error bancario. Pero tampoco se corrigen quedándose con lo que no es tuyo. La justicia no es una cuenta pendiente que cualquiera puede saldar a su conveniencia. Tiene canales, instancias, mecanismos. Si crees que fuiste maltratado, demanda. Organízate. Exige. Pero no conviertas un error en una venganza disfrazada de justicia.
Este caso, más allá de lo legal, es un espejo. Refleja lo que hemos normalizado: que el fin justifica los medios, que el beneficio personal supera cualquier deber colectivo, y que si el sistema falla, lo lógico no es corregirlo, sino aprovecharlo. Pero cuando todos piensan así, el sistema no solo falla: se desmorona.
No se trata de ser ingenuo. Se trata de no perder de vista que el progreso social no se construye solo con leyes más estrictas, sino con ciudadanos que eligen, incluso en lo pequeño, hacer lo correcto. Porque si esperamos que otros sean honestos mientras nosotros nos quedamos con lo que no es nuestro, no estamos construyendo justicia. Estamos construyendo hipocresía.
Y en ese mundo, nadie gana. Ni siquiera el que se queda con los 200 mil dólares.
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