¿Capacitación o maquillaje presupuestario?

En los últimos años, la industria tecnológica ha presenciado una explosión sin precedentes de programas intensivos de formación. Bootcamps, talleres acelerados, inmersiones técnicas: todos prometen transformar, en cuestión de semanas o meses, a cualquier persona en un profesional listo para el mercado laboral. Pero detrás de esa promesa brillante —a veces demasiado brillante— se esconden dinámicas que poco tienen que ver con la educación y mucho con la contabilidad corporativa.

En más de una ocasión se ha visto cómo una empresa diseña e impulsa internamente un programa de formación con una promesa clara: al terminar, los participantes tendrán un puesto de trabajo. Suena ideal. Inclusivo. Progresista. Pero cuando llega el momento de cumplir, la realidad se tambalea. No hay vacantes reales. No hay necesidad operativa. Simplemente, el presupuesto ya se ejecutó y ahora hay que justificarlo.

Así, de forma improvisada, se crean roles que nadie pidió. Puestos sin descripción clara, sin valor estratégico, sin conexión con los objetivos del equipo. Y no es un caso aislado: en ciertas iniciativas, decenas de personas terminan en esa encrucijada. Diez, veinte, incluso más. Personas que reorganizaron sus vidas —algunas con deudas, otras con renuncias laborales— bajo la promesa firme de una nueva etapa profesional.

El resultado: equipos confundidos, líderes sin claridad sobre cómo integrarlos y participantes atrapados en una especie de limbo laboral, donde su presencia responde más a una obligación administrativa que a una necesidad genuina del negocio.

Estas iniciativas suenan nobles en las presentaciones ejecutivas: “estamos invirtiendo en el talento del futuro”, “cerramos brechas de inclusión”, “democratizamos el acceso a la tecnología”. Pero cuando el verdadero motor no es el desarrollo humano sino la necesidad de gastar un presupuesto antes de que se cierre el ejercicio fiscal, entonces la educación se convierte en un subproducto accidental, no en el objetivo central.

Y lo más preocupante no es el desperdicio de recursos —que también lo hay— sino el costo humano. Porque detrás de cada uno de esos “participantes” hay alguien que depositó su confianza, su tiempo y, en muchos casos, su estabilidad financiera, con la esperanza de un cambio real. Cuando esa esperanza se topa con un puesto inventado sobre la marcha, el daño trasciende lo profesional: socava la fe en todo el ecosistema de formación.

Lo irónico es que muchos de estos programas se venden como alternativas ágiles y prácticas frente a la supuesta rigidez de la educación formal. Pero cuando su diseño responde más a ciclos contables que a necesidades reales de aprendizaje o empleabilidad, terminan reproduciendo —y agravando— los mismos vicios que dicen combatir.

No se trata de negar la utilidad de estos formatos. De hecho, existen bootcamps excepcionales, con metodologías sólidas, mentores comprometidos y alianzas estratégicas con la industria. El problema radica en aquellos que nacen no para formar personas, sino para justificar cifras en un balance.

Peor aún: cuando se utilizan como mecanismos de imagen corporativa o para cumplir cuotas de diversidad sin construir estructuras reales de inclusión, el resultado es una fachada de progreso que beneficia a muy pocos y frustra a muchos.

La verdadera formación no se mide por cuántos egresan, sino por cuántos logran insertarse con dignidad, crecer y aportar valor sostenido. Y la verdadera responsabilidad no está solo en enseñar habilidades técnicas, sino en garantizar que esas habilidades tengan un espacio real donde florecer.

Si vamos a seguir impulsando iniciativas de este tipo —y deberíamos, porque el mundo necesita más talento técnico—, entonces hagámoslo con transparencia, coherencia y respeto. Con roles pensados antes de firmar contratos, no después. Y, sobre todo, con honestidad hacia quienes ven en la tecnología una vía para transformar sus vidas.

Porque cuando se juega con la esperanza de alguien que quiere construir un futuro mejor, el costo no se paga en presupuesto, sino en confianza.

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