Si te declaras mejor que el otro, significa que dejaste de competir

En el ecosistema laboral actual, donde la visibilidad muchas veces se confunde con el valor real, ha surgido una tendencia preocupante: la necesidad de proclamar superioridad sobre otros para validar el propio talento. No se trata ya de demostrar competencia, sino de declararla como si fuera un trofeo que solo uno merece llevar. Y ahí, precisamente, comienza el problema.

Ser competitivo no es lo mismo que creerse mejor. La competencia sana impulsa a aprender, a observar, a colaborar incluso con quienes están a tu lado. En cambio, la autoproclamación de superioridad suele ser una cortina de humo tras la cual se esconde la inseguridad, la estancación o, peor aún, la desconexión con la evolución constante del oficio.

El verdadero profesional no mira a su alrededor para encontrar a quién superar, sino para identificar qué puede absorber, integrar o mejorar. Su foco no está en compararse, sino en expandirse. Porque en un mundo donde las tecnologías cambian cada seis meses y los paradigmas profesionales se reinventan con cada crisis, lo único permanente es la capacidad de adaptación.

Sin embargo, muchos han caído en la trampa de convertir su carrera en una lucha de egos. Publican logros no para inspirar, sino para marcar distancia. Critican métodos ajenos no para enriquecer el debate, sino para reforzar su propia narrativa. Y terminan encerrados en una burbuja de autoafirmación que, irónicamente, los aleja de lo que realmente importa: seguir creciendo.

Lo más peligroso de esta actitud es que se disfraza de excelencia. Se viste con palabras como “estándares altos”, “calidad” o “profesionalismo”, pero en el fondo es una excusa para no cuestionarse a uno mismo. Porque si ya eres “mejor”, ¿para qué aprender más? ¿Para qué escuchar a quien supuestamente está por debajo?

Pero el mercado no perdona la arrogancia disfrazada de mérito. Las empresas ya no buscan héroes solitarios, sino equipos resilientes, diversos y capaces de evolucionar juntos. Los clientes ya no valoran solo el resultado final, sino la empatía, la claridad y la humildad con la que se entrega. Y los colegas, cansados de jerarquías artificiales, prefieren rodearse de quienes suman sin necesidad de restar a otros.

Competir con otros —no contra ellos— es entender que el conocimiento es colectivo, que la innovación nace del intercambio y que nadie construye nada relevante desde la soledad del pedestal. Es aceptar que hoy alguien puede hacer algo mejor que tú, y eso no te disminuye; al contrario, te invita a repensar, a estudiar, a volver a la mesa con nuevas ideas.

La verdadera ventaja competitiva no está en proclamar cuánto sabes, sino en reconocer cuánto te falta por aprender. Y en ese reconocimiento radica la madurez profesional que muy pocos cultivan, pero que todos necesitan.

Así que la próxima vez que sientas la tentación de afirmar que eres mejor que otro, detente. Pregúntate si esa comparación te acerca a tu mejor versión… o simplemente te aleja de la posibilidad de seguirla construyendo.

Porque en el fondo, cuando dejas de competir contigo mismo y empiezas a competir contra fantasmas ajenos, ya perdiste. No frente a ellos, sino frente a tu propio potencial.

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