Qué cosas he aprendido estos años como Líder técnico

Durante años he estado al frente de equipos técnicos, construyendo productos, arquitecturas y, sobre todo, relaciones humanas. Y si hay algo que el tiempo me ha enseñado —más allá del código, las metodologías o las métricas— es que liderar no se trata de gestionar recursos, sino de acompañar personas.

Muchos confunden la autoridad con el control. Pero la verdadera autoridad nace del respeto mutuo, no del título en una tarjeta de LinkedIn. Cada persona piensa distinto, siente distinto, aprende a su ritmo. Y si quieres que tu equipo avance, debes aprender a conversar, no solo a dar instrucciones. Escuchar no es una pausa antes de hablar; es la base de toda colaboración real.

He cometido errores pensando que tenía la razón. He insistido en soluciones que, aunque técnicamente sólidas, ignoraban la experiencia práctica de quienes estaban en la trinchera. Hoy entiendo que si tienes acceso al talento de otros, tu mayor responsabilidad es hacerlos partícipes, no meros ejecutores. La inteligencia colectiva siempre supera al ego individual.

Y hablando de egos: si tú brillas más que tu equipo, no estás liderando. Estás en el centro del escenario cuando deberías estar detrás del telón, asegurándote de que todos tengan luz, micrófono y confianza para actuar. Un líder no se mide por lo que logra personalmente, sino por lo que permite que otros logren.

En los momentos de presión —y créeme, en tecnología siempre hay presión— mantener la calma no es una virtud opcional. Es una obligación. Gritar, exigir o culpar solo genera miedo, y el miedo mata la creatividad. Por eso, en los tiempos buenos, invierte en comunicación clara, en confianza, en espacios seguros. Así, cuando llegue la tormenta, tu equipo no verá en ti un jefe estresado, sino un faro estable.

La retroalimentación debe darse en privado. No por vergüenza, sino por respeto. Nadie merece ser corregido frente a sus pares. Y aunque yo no soy fanático de los elogios públicos, he aprendido que para muchas personas, un reconocimiento sincero es oxígeno. No subestimes el poder de decir “gracias” o “lo hiciste bien”.

Sé honesto, incluso cuando la noticia no es buena. Los equipos perciben la manipulación antes de que tú termines la frase. La transparencia, aunque duela, construye lealtad. Y respetar los tiempos personales —el fin de semana, las vacaciones, la cena familiar— no es un favor. Es una inversión. Personas descansadas, valoradas y equilibradas entregan su mejor versión.

El mundo tech cambia a velocidad de vértigo. Si te aferras a una herramienta, un lenguaje o un paradigma porque “siempre funcionó”, estás condenando a tu equipo a la obsolescencia. Desafíalos a aprender, a experimentar, a equivocarse en entornos seguros. El crecimiento no es opcional; es obligatorio.

Evita hablar siempre de ti. Conoce a tu equipo más allá del backlog. No necesitas ser su amigo, pero sí humano. Un chiste compartido, una pregunta sobre sus hobbies, un gesto de empatía: eso no borra la jerarquía, la humaniza. Y un líder humano inspira más que uno perfecto.

Cuando surjan conflictos entre miembros del equipo, no tomes bandos. Facilita el diálogo. Tu rol no es juzgar, sino reconstruir puentes. Y si puedes ofrecer pequeños beneficios —un viernes libre, flexibilidad horaria, un café virtual— hazlo. No cuesta tanto, y devuelve mucho.

Al final del día, liderar no es sobre control. Es sobre confianza, humildad y servicio. Y si logras que tu equipo se sienta visto, escuchado y desafiado, ya ganaste. El resto —el código, los lanzamientos, los KPIs— vendrá solo.

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