Cuando saber demasiado te impide aprender

En la industria tecnológica, celebramos el conocimiento. Lo premiamos con títulos, promociones, seguidores y conferencias. Pero rara vez hablamos de su lado oscuro: cómo el conocimiento acumulado puede convertirse en una cárcel invisible que nos impide evolucionar.
No es raro ver a profesionales con años de experiencia rechazar nuevas herramientas, metodologías o paradigmas simplemente porque “ya saben cómo hacerlo”. No es ignorancia; es certeza. Y esa certeza, muchas veces disfrazada de eficiencia, es en realidad resistencia al cambio camuflada como sabiduría.
El problema no es saber mucho. El problema es creer que ya no hay nada más que aprender.
En entornos donde la innovación es constante —como el desarrollo de software, la inteligencia artificial o la ciberseguridad—, aferrarse a lo que uno sabe no es prudencia, es estancamiento. Peor aún: se convierte en un obstáculo para los demás. Quienes dominan el discurso técnico en un equipo suelen tener el poder de veto implícito. Si alguien con autoridad dice “esto no va a funcionar”, pocos se atreven a insistir. Así, ideas frescas mueren antes de nacer, no por falta de mérito, sino por la sombra de quien ya decidió que no vale la pena intentarlo.
Y es aquí donde el conocimiento deja de ser un puente y se transforma en una barrera.
Peor aún: esta actitud suele justificarse con frases como “he visto esto fallar mil veces” o “ya pasamos por eso antes”. Pero el mundo cambia. Las condiciones cambian. Los contextos cambian. Lo que falló en 2015 puede florecer en 2025 con una infraestructura distinta, una mentalidad distinta o incluso un equipo distinto. Negar eso no es experiencia; es pereza intelectual.
El verdadero signo de madurez profesional no es cuánto sabes, sino cuán dispuesto estás a cuestionar lo que crees saber. La curiosidad no es una cualidad de principiantes; es un músculo que debemos ejercitar toda la vida. Y cuando dejamos de hacerlo, no solo nos volvemos irrelevantes: nos volvemos tóxicos.
Porque detrás de esa seguridad técnica muchas veces hay miedo. Miedo a quedar obsoleto. Miedo a que alguien más joven, con menos experiencia pero más apertura, proponga algo que funcione mejor. Y en lugar de celebrar esa posibilidad, la combatimos con escepticismo disfrazado de pragmatismo.
La solución no es renunciar al conocimiento, sino mantenerlo en movimiento. Preguntar más, afirmar menos. Escuchar sin preparar la réplica mientras el otro habla. Probar antes de descartar. Y, sobre todo, aceptar que el aprendizaje no tiene fecha de vencimiento.
Los mejores líderes técnicos que he visto no son los que más saben, sino los que más preguntan. No temen decir “no entiendo” o “muéstrame cómo funciona”. Porque saben que el conocimiento no es un trofeo que se exhibe, sino una herramienta que se renueva.
Así que la próxima vez que sientas la tentación de descartar una idea nueva porque “ya lo intentamos”, detente. Pregúntate si realmente lo intentaste… o si solo lo juzgaste desde la comodidad de lo conocido.
Porque en un mundo que cambia cada seis meses, la arrogancia disfrazada de experiencia es el peor tipo de deuda técnica.
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