Me gustó apostar por mujeres programadoras
La industria tecnológica suele repetir un mismo guion. Buscamos perfiles, entrevistamos y, casi sin darnos cuenta, replicamos el mismo patrón. Hace un año decidí romper ese ciclo de forma intencional. Mi objetivo no era cumplir una cuota, era encontrar eficiencia real. El resultado fue un experimento social dentro de mi propia empresa que cambió mi perspectiva para siempre.
Opté por priorizar la contratación de mujeres programadoras. Lo que descubrí desafía lo que muchos creen sobre el rendimiento técnico. No se trató de benevolencia, se trató de resultados fríos y duros. Noté una diferencia sustancial en la forma de abordar los problemas complejos. Mientras el entorno suele premiarse por la velocidad o por saltar sobre la herramienta de moda sin pensar, ellas mostraron una resistencia notable ante el ruido del mercado.
La capacidad analítica fue quirúrgica. El orden en el código y en la gestión del tiempo superó lo que habitualmente veo en equipos tradicionales mayoritariamente masculinos. Comparado con mi experiencia previa gestionando solo hombres, la diferencia en la meticulosidad fue evidente. Existe una creencia de que la tecnología es neutra, pero quien la escribe no lo es. Al cambiar la demografía, cambió la cultura de la entrega. La responsabilidad no fue un requisito exigido, fue una constante observada día tras día. Menos ego, más solución práctica.
Es común escuchar que el talento no tiene género. Sin embargo, los estilos de trabajo sí tienen matices culturales. En mi experiencia, ellas fueron más difíciles de sesgar por las tendencias pasajeras. Priorizaron la estabilidad sobre la novedad. Esto generó un ahorro de tiempo y recursos que no anticipé. La comunicación fue más directa y menos competitiva, lo que redujo los conflictos internos de forma drástica. Algunos dirán que generalizar es un error peligroso. Yo digo que ignorar los datos de tu propia operación es ceguera voluntaria.
No estoy hablando de capacidades biológicas universales, hablo de tendencias observadas en mi trinchera. Si el objetivo es construir software estable y escalable, la perspectiva importa tanto como la sintaxis. Pronto debo ampliar la plantilla y la decisión ya está tomada. No volveré al método antiguo. La diversidad no es solo un tema ético, es una ventaja competitiva tangible cuando se deja de lado el prejuicio de que el estándar debe ser masculino. El código es lógico, pero los equipos son humanos. Y parece que necesitábamos otro tipo de humanidad para llevar esto al siguiente nivel.
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