No es pesimismo, es lo que veo
Muchos prefieren cerrar los ojos. Dicen que ser negativo no ayuda. Ignorar lo que tenemos enfrente no lo hace desaparecer. Solo nos deja indefensos.
Miro la clase política y no veo servidores públicos. Veo administradores de privilegios. Negocian cargos como quien troca figuritas en el patio del colegio. Un ministerio aquí, una cuota allá. El país queda en segundo plano, olvidado en la mesa de negociaciones. Somos solo números en una planilla electoral, combustible para mantener sus sillones calientes. Cuando terminan de repartirse el pastel, a la ciudadanía le quedan las migajas y una factura impagable.
Miro a las nuevas generaciones y siento vértigo. La ideologización ha calado hondo en la educación informal. Se exige todo, se ofrece poco. El deber es una palabra vieja, casi ofensiva. Prefieren la fama efímera de una pantalla azul al esfuerzo sostenido de una carrera técnica o científica. Creen que la riqueza es un clic, no el resultado de años de disciplina y estudio. Estamos formando consumidores voraces de atención, no constructores de sociedad.
Miro nuestras calles y veo zonas liberadas del Estado. El narcotráfico no se esconde, gobierna abiertamente. Imponen toques de queda, cobran vacunas ilegales y miran a los uniformados de frente sin parpadear. El miedo cambió de bando en los barrios populares. La ley es una sugerencia, no una norma obligatoria. Las familias viven bajo otro régimen paralelo que no reconoce nuestra constitución.
Miro hacia fuera y veo gigantes de barro. Líderes mundiales encienden conflictos bélicos para asegurar su reelección interna. Hablan de paz mientras sus industrias venden armas. Prohíben nucleares ajenos mientras modernizan los propios arsenales. La retórica de la seguridad global es solo una cortina de humo para mover piezas en el tablero. La hipocresía es la única política exterior coherente. Jugamos a la ruleta rusa con bombas reales mientras ellos se ríen en búnkeres climatizados.
No escribo esto para deprimir. Lo escribo para despertar. Si seguimos normalizando lo inaceptable, el futuro no será mejor. Será el reflejo de nuestra indiferencia. La comodidad del silencio nos cuesta caro cada día.
¿Exigiremos más o seguiremos quejándonos mientras todo se desmorona?
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