Declarar que no entiendes algo para que lo haga otro

Se asume que los asesores externos se contratan por su experiencia. Por su capacidad para resolver los nudos que la empresa no puede desatar. Sin embargo, en los pasillos de las grandes corporaciones se esconde un fenómeno que nadie se atreve a documentar.

Existe una maniobra silenciosa y devastadora. Consiste en declarar sistemáticamente que no se comprende un problema, un proceso o una nueva tecnología. No es falta de capacidad. Es una estrategia calculada. Al fingir incomprensión, el consultor obliga a la estructura interna a absorber el esfuerzo. Mientras los equipos de la casa se desviven explicando lo obvio, el asesor externo mantiene su facturación intacta y su posición blindada.

¿Por qué funciona este mecanismo? Porque el ecosistema empresarial actual está diseñado para premiar la apariencia de progreso sobre la ejecución real. Hacer preguntas aparentemente ingenuas en una reunión directiva no solo dilata los plazos, sino que posiciona al que las formula como un actor cauteloso. El tiempo pasa, los hitos se incumplen, y el responsable de la demora es la supuesta complejidad del entorno, no la inacción del asesor.

Lo más alarmante es hasta dónde están dispuestos a llegar algunos profesionales para sostener esta farsa. Se llega a sabotear la propia propuesta de valor. Se ignoran métricas evidentes. Se desvía el foco hacia debates interminables sobre la metodología en lugar de entregar resultados tangibles. Todo con tal de no soltar el contrato. La incompetencia, cuando es deliberada, se convierte en el escudo más eficaz contra la exigencia de resultados.

Las organizaciones deben empezar a auditar no solo lo que sus asesores entregan, sino lo que deciden no entender. La próxima vez que un externo alegue que el contexto local es demasiado complejo para su marco teórico, no le ofrezca más datos. Cuestione su permanencia.

El talento real resuelve. El talento mercenario se esconde detrás de la confusión.

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