Eres una persona mentirosa, pero no se debe notar
Decir la verdad en el trabajo está infravalorado.
Peor aún: está penalizado.
Así que aprendimos a sonreír, asentir y construir una versión editada de nosotros mismos que encaje en la oficina. Ocho horas al día. Cinco días a la semana. Con vacaciones incluidas para fingir descanso.
Y no, no hablo de mentiras graves. Hablo de las otras. Las pequeñas. Las que todos normalizamos tanto que ya ni las registramos.
El empleado que lleva tres meses incómodo, desmotivado, mirando el reloj como si fuera una cuenta regresiva. ¿Lo dice? No. Actualiza su perfil en silencio, manda CVs los domingos por la noche, y cuando por fin se va, el empleador se entera con 48 horas de antelación. Y ahí empieza el caos: reorganizar, buscar reemplazo, calcular indemnización. (Y sí, siempre he pensado que en ese punto hay una oportunidad de mejora enorme en la legislación laboral, pero eso da para otro texto.)
Luego están las excusas. Durante la pandemia, medio mundo tenía cita con el dentista todos los martes, actos escolares de los hijos todos los jueves, emergencias familiares los viernes por la tarde. Algunos de esos “padres preocupados” ni hijos tenían. Pero la cámara estaba apagada y nadie preguntaba.
Y a nivel corporativo, la cosa se pone más sabrosa.
¿Nunca has sentido unas ganas brutales de decirle a ese compañero que habla en cada reunión como si la empresa se cayera sin él, que en realidad tú haces el 80% de su trabajo mientras él arma presentaciones con tres bullet points reciclados?
Claro que sí. Pero no lo dices. Le sonríes. Le dices “buen punto”. Y sigues cargando el muerto.
Ahora, la joya de la corona: las entrevistas de trabajo.
Hoy es ridículamente fácil mentir ahí. Internet está saturado de guiones, respuestas modelo, frases de manual. Te preguntan: “¿Por qué quieres cambiar de empleo?” Y tú, con cara de serenidad absoluta, respondes:
“Busco nuevos desafíos. Siento que toqué techo donde estoy y quiero seguir creciendo.”
Subtítulos reales: “El ambiente es tóxico, mi compañero lamebotas se lleva todo el crédito, estoy agotado y necesito que me paguen más a cualquier costo.”
Pero eso no lo dices. Porque el profesionalismo, al parecer, es un filtro de Instagram aplicado a la boca.
Entonces, ¿qué somos? ¿Mentirosos? ¿Hipócritas? ¿O simplemente personas que entendieron que en el mundo laboral la sinceridad es un lujo que casi nadie puede pagar sin consecuencias?
No tengo la respuesta limpia. Pero sí tengo una pregunta que me incomoda y que te traslado:
¿Reconoces que llevas años mintiendo en el trabajo con una naturalidad que asusta? ¿O vas a seguir refugiándote en el discurso de “yo siempre soy transparente” mientras planificas tu próxima jugada en silencio?
Te leo. O no. Porque probablemente también mientas en los comentarios.
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