Una cosa que me molesta es cuando veo la ecuación mentiroso+flojo en la misma persona

El ascensor corporativo no lo toman los que resuelven. Lo toman los que narran.

Llevo años observando un patrón en las empresas grandes y ya no puedo seguir haciéndome el distraído.

Es un perfil muy concreto. Lo reconoces en tres segundos. Es esa persona que en cada reunión tiene un guion perfectamente ensayado: “yo envié el correo”, “yo desbloqueé la conversación con tal área”, “yo acompañé al equipo en el diagnóstico”, “estamos a la espera de que se destrabe el proceso”. Todo es narrativa. Todo es primera persona. Todo es un relato épico donde el protagonista siempre es el mismo y el resultado nunca llega.

Porque nunca llega. Siempre hay un “casi”. Siempre hay un “estamos en eso”. Siempre hay una dependencia externa, un proceso que no avanza, un comité que no se reúne. La excusa cambia de forma, pero nunca desaparece.

Y entonces aparece alguien más. Alguien que no narró, no anunció, no mandó el correo de visibilidad. Alguien que simplemente se sentó, resolvió el nudo y entregó. Y en la siguiente reunión, adivina quién levanta la mano y dice: “bueno, como veníamos trabajando desde el equipo…”

Ahí está. El crédito se reparte hacia arriba. El trabajo se queda abajo.

Y ahora viene lo que de verdad me cuesta procesar, aunque intento ser justo y considerar que quizás hay algo que no estoy viendo. A ese perfil, al que narra sin ejecutar, al que acumula excusas como quien acumula millas, lo ascienden más rápido. Le mejoran las condiciones. Le amplían el alcance. Le dan “visibilidad estratégica”. Mientras tanto, quien resolvió en silencio sigue resolviendo en silencio, con la misma silla, el mismo sueldo y la misma sensación de que el sistema no está diseñado para premiar lo que realmente importa.

No sé si es ingenuidad mía. No sé si esas personas tienen una habilidad que yo subestimo: la capacidad de hacer visible lo invisible, de gestionar percepciones, de construir una marca personal interna que pesa más que cualquier entregable. Quizás eso también es trabajo. No lo descarto.

Pero lo que sí sé es que cuando la narrativa reemplaza sistemáticamente a la ejecución, y cuando el relato se premia por encima del resultado, algo en la cultura de esa organización está roto. Y no se arregla con un taller de liderazgo ni con una encuesta de clima.

Me imagino que tú también conoces a alguien así. O peor: me imagino que alguna vez te tocó ser quien resolvió mientras otro se llevaba el aplauso.

Si te pasó, no estás exagerando. No estás amargado. Solo estás viendo algo que muchos prefieren no nombrar.

Y si eres líder y estás leyendo esto: revisa a quién estás ascendiendo. Revisa si estás premiando el PowerPoint o el resultado. Revisa si tu organización está construyendo un futuro con gente que hace, o con gente que cuenta que hizo.

Porque al final, la ecuación es simple. Y cuando mentiroso y flojo conviven en la misma persona, y además esa persona sube más rápido que el resto, el mensaje que recibe todo el equipo es demoledor: aquí no importa lo que hagas. Importa lo que digas que hiciste.

¿Te ha pasado? Cuéntame. Sin nombres, por supuesto. Pero cuéntame.

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