26 años construyendo software que funciona, y una entrevista técnica te declara obsoleto
Llevo aproximadamente 26 años en el mercado laboral tecnológico. Veintiséis. No es una cifra redonda para presumir en una bio, es una cifra que pesa, que deja cicatrices, que te enseña cosas que ningún curso de 40 horas en una plataforma online te va a enseñar.
Y sin embargo, hace poco me asomé de reojo al mercado laboral. Solo de reojo. Y lo que vi me dejó con una sensación extraña, como de estar parado en el lugar equivocado aunque lleve décadas construyendo exactamente lo que me pidieron construir.
Déjame contarte lo que 26 años te enseñan, porque creo que vale la pena ponerlo sobre la mesa.
Te enseñan a ser práctico. A dejar de enamorarte de la herramienta y enfocarte en el problema. A entender que al cliente no le importa si hiciste la aplicación en Java, en C#, en Go o en el lenguaje que esté de moda esta temporada. Al cliente le importa que la aplicación funcione. Que cumpla los flujos de negocio. Que no se caiga un viernes a las seis de la tarde. Que cuando el usuario final haga clic, pase lo que tiene que pasar. Punto.
Te enseñan que las últimas tecnologías son útiles, sí, pero que no siempre es recomendable subirse a la ola del día uno. Que hay una diferencia enorme entre innovar y apostar la estabilidad de un proyecto a una librería que tiene tres meses de vida y dos estrellas en GitHub. Te enseñan que la madurez técnica también es saber decir “esto todavía no”.
Te enseñan que mientras más responsabilidades asumes, mientras más personas dependen de tus decisiones, mientras más reuniones de arquitectura, de presupuesto, de alineación con negocio se acumulan en tu agenda… menos tiempo te queda para sentarte un martes a las once de la noche a estudiar qué propone la última versión de un patrón de diseño.
Y aquí viene lo que me resulta difícil de digerir.
Te sientas frente a un panel de entrevista. Tres, cuatro personas que en muchos casos llevan la mitad de años que tú en la industria. Y lo que esperan escuchar es justamente eso que no tuviste tiempo de arraigar a tu forma de analizar un proyecto: SOLID, arquitectura hexagonal, repository pattern, CQRS, event sourcing, el glosario completo de moda recitado con fluidez, como si fuera un mantra.
No te preguntan cuántos sistemas en producción has sostenido durante una década. No te preguntan cómo resolviste aquella migración crítica sin detener la operación. No te preguntan si el software que entregas es estable, seguro, mantenible. Dan por hecho que eso es “lo mínimo”. Lo que realmente evalúan es si tu vocabulario está sincronizado con el hilo de Twitter del mes.
Y entonces, alguien con 26 años entregando software de calidad, estable, seguro, sale de esa sala etiquetado como obsoleto. No apto. Sin la preparación suficiente.
¿Es irónico? Sí. Me río, pero me río con los dientes apretados.
¿Es mucho humo alrededor del mercado? También. ¿Es necesario mantenerse actualizado? Por supuesto que sí. Nadie sensato diría que no. Pero hay una distancia enorme entre actualizarse y convertir la actualización en un ritual de pertenencia, en una señal de identidad, en una ideología. Porque eso es lo que veo cada vez con más frecuencia entre colegas de todo el mundo: una ideologización tecnológica donde defender un patrón se parece más a defender una camiseta de fútbol que a resolver un problema de ingeniería.
Y esa ideologización complica enormemente la vida de quien busca trabajo. Porque ya no basta con demostrar que sabes construir. Tienes que demostrar que piensas como ellos quieren que pienses, con las palabras exactas que ellos quieren escuchar.
Y sé que no soy el único al que le pasa. Lo sé. Pero también sé que muchos preferirán no decir nada. Porque si lo dicen, si admiten que el sistema de entrevistas les resulta ajeno, que sienten que se les evalúa por un guion y no por su trayectoria, entonces no se ven “cool” para quienes toman las decisiones de reclutamiento. Y en esta industria, parecer cool sigue pesando más que ser competente.
El otro día alguien me sugirió: “hazte un CV optimizado para Go, otro para Python, otro para PHP, otro para Java, uno por tecnología, uno por cada oferta”. Y sentí una flojera profunda, existencial casi. No porque no pueda hacerlo, sino porque resume perfectamente en qué se ha convertido esto: un juego de apariencias donde el candidato se fragmenta en cinco versiones de sí mismo para encajar en cinco filtros automáticos.
¿Y el resultado? Empresas que viven en procesos de reclutamiento permanentes. Contratan por ideología, por afinidad de vocabulario, por la sensación de que “este candidato suena a lo que leí en aquel podcast”. Y a los cuatro meses el proyecto se estanca porque contrataron a alguien que recita patrones pero nunca ha sostenido un sistema real bajo presión.
Y mientras tanto, las consultoras observan esta vorágine con una sonrisa tranquila. Porque a río revuelto, ganancia de pescadores. Cada rotación es un contrato nuevo. Cada vacante eterna es una factura más. El desorden del mercado no es un efecto colateral para ellas; es el modelo de negocio.
Así que aquí estoy, 26 años después, mirando el mercado de reojo y pensando: “qué curioso, mientras más experiencia tengo, más desactualizado parezco”. Y no porque haya dejado de aprender. Sino porque aprendí cosas que no caben en una pregunta de entrevista de 45 minutos.
¿Y tú? ¿Ya te actualizaste a las tendencias del mercado? ¿Ya tienes tu CV fragmentado en cinco versiones, tu LinkedIn optimizado con las keywords del trimestre, tu discurso ensayado sobre arquitectura hexagonal aunque lleves tres años sin tocar un repositorio?
Tranquilo. Yo tampoco. Y llevo 26 años entregando software que funciona.
A veces eso debería ser suficiente.
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