Hay que prepararse para una generación de profesionales inútiles

En los colegios del mundo se repite una frase como si fuera un mantra liberador:

“¿Para qué voy a aprender matemáticas si la IA me resuelve todo?”

“¿Para qué me voy a matar con ese informe si se lo pido a un chat y en tres minutos lo tengo?”

“¿Para qué estudio para ese examen si la IA me lo mastica y me lo escupe digerido?”

Se propaga como un resfriado en invierno. Y nadie tose. Nadie se alarma. Al contrario: se aplaude la “eficiencia”.

Pero hay otro virus corriendo en paralelo. El discurso del influencer.

“¿Para qué voy a estudiar una carrera si puedo viajar por el mundo mostrando hoteles y ganando diez veces más que el que madruga de 8 a 6?”

Perfecto. Entonces en el futuro tendremos millones de personas mostrando atardeceres desde Bali.

¿Y quién pone los ladrillos? ¿Quién instala la tubería? ¿Quién cablea el edificio donde se graba ese reel con 2 millones de vistas?

¿Lo hará la IA? ¿Un prompt va a mezclar cemento a las 6 de la mañana bajo el sol?

No. Lo que va a pasar es que no va a haber quién lo haga. O lo va a hacer alguien a quien le pagamos una miseria mientras nosotros “creamos contenido”.

Y mientras tanto, en las oficinas, la dinámica de la comodidad ya se instaló. Reportes que antes tomaban una semana de análisis profundo, ahora se generan en un prompt de dos líneas. Documentación que nadie lee, nadie cuestiona, nadie contrasta. Aplicaciones que se “construyen” sin que quien las pide entienda una sola línea de lógica detrás.

Hoy funciona. Mañana, cuando los modelos evolucionen al punto de hacerse cargo de prácticamente todo el flujo operativo… ¿qué queda del profesional que solo sabe pedir?

Queda alguien que no puede verificar. Que no puede dudar. Que no puede decir “esto está mal” porque nunca aprendió el camino largo para llegar a la respuesta.

Y aquí es donde me pongo pesimista. De verdad.

Porque este es el caldo de cultivo perfecto. Una masa de personas con capacidad analítica atrofiada, dependientes de una herramienta que no cuestiona, que no tiene criterio propio, que te da lo que le pides con una sonrisa sintética.

El escenario ideal para que cualquier líder con mala intención, cualquier algoritmo con agenda, cualquier gurú de turno, les venda lo que sea.

“Oye, ahora hay que beber agua de mar porque la sal te hace ver más auténtico en redes.”

Y lo van a creer. Porque no tienen las herramientas mentales para decir: “espera, esto es una estupidez”. Porque nadie les enseñó a pensar desde cero. Porque delegaron ese músculo hace años en una máquina.

Miro a 10 años y no veo una crisis de desempleo. Veo una crisis de criterio. Una epidemia de gente que sabe pedir, pero no sabe evaluar lo que recibe.

Y eso, amigos, no lo arregla ningún modelo de lenguaje.

¿Tú qué opinas? ¿O mejor farmea tu aura, como dicen los jovenes, y seguimos scrolleando?

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