Cuando todo sale bien es gracias mí, pero cuando no, la culpa es del equipo

El posesivo que delata dónde se instala el crédito y dónde se abandona la responsabilidad.

Escucha con atención la próxima reunión de resultados.

Si los números suben: “Estoy muy orgulloso de lo que logré con mi equipo.”

Si los números caen: “Bueno, el equipo no terminó de ejecutar.”

Mismo líder. Mismo grupo de personas. Mismo lunes. Lo único que cambió fue el resultado. Y con él, cambió el pronombre.

No es un detalle gramatical. Es una radiografía del carácter.

El “mi” en la victoria es una bandera que se planta. Marca territorio. Dice: esto lleva mi nombre, esto pasó por mí, recuérdame cuando repartan los ascensos.

El “el” en la derrota es una puerta de emergencia. Crea distancia. Convierte a las personas en un ente abstracto, casi ajeno. “El equipo” ya no son los tuyos. Son un grupo que, aparentemente, decidió fallar por su cuenta.

Y lo más interesante: nadie lo cuestiona. Porque todos estamos demasiado ocupados revisando si el “mi” nos tocó a nosotros alguna vez.

Te propongo un ejercicio incómodo (sí, de esos que uno prefiere saltar):

Piensa en el último proyecto que no salió bien en tu organización. Ahora recuerda las palabras exactas del responsable. ¿Dijo “no supe acompañar”, “me faltó claridad en la dirección”, “asumo que no creé las condiciones”? ¿O dijo “no se comprometieron”, “les faltó iniciativa”, “no entendieron el objetivo”?

Si la segunda opción te suena familiar, no estás ante un problema de ejecución. Estás ante un problema de propiedad.

Liderar no es ponerse la medalla y repartir la factura.

Liderar es sostener el “mi” cuando duele. Es decir “mi equipo falló porque yo fallé primero en algo”: en la comunicación, en la expectativa, en la confianza, en el tiempo que no di.

Porque ese equipo al que hoy le quitas el posesivo es el mismo al que mañana vas a pedirle horas extra, creatividad y camiseta. Y van a dártelas. Porque son profesionales. Pero no van a olvidar que para ti, cuando el marcador estaba en contra, dejaron de ser tuyos.

No te pido que seas perfecto. Te pido que seas coherente con el pronombre.

Si es “mi equipo” para la foto del logro, es “mi equipo” para la conversación difícil, para el correo al director explicando el desvío, para el viernes en el que toca decir “esto no funcionó y la responsabilidad empieza por mí”.

El crédito se comparte o se pudre. La culpa se asume o se delega. No existe una tercera opción donde siempre ganas tú y siempre pierden ellos.

Y si existe, tiene otro nombre. Uno que nadie quiere ponerse.

¿Y tú? La próxima vez que algo salga mal, ¿qué pronombre vas a usar?

Piénsalo antes de abrir la boca. Porque tu equipo también está escuchando. Y también está tomando notas.

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