Con los años, he aprendido a priorizar el contratar programadores con hambre

En el mundo del desarrollo de software, nos han vendido la idea de que el candidato ideal es aquel que domina las mejores arquitecturas, los patrones de diseño más elegantes y las convenciones de código inmaculadas. Tras años liderando equipos, he llegado a una conclusión que a muchos puede generar rechazo: prefiero mil veces contratar a alguien con hambre que a un experto en buenas prácticas.

Me fascina ese perfil que me pregunta de todo. Ese que me persigue por los pasillos virtuales o me inunda el chat con dudas. Sí, a veces resulta agotador, pero esa supuesta molestia es el síntoma más claro de una mente que devora conocimiento. No hay mayor música para mis oídos que escuchar un mensaje diciendo: Ya terminé esto, con qué sigo ahora. Esa inquietud no se enseña en ningún curso.

El problema surge cuando me encuentro con el perfil opuesto. Aquel desarrollador que se evapora. Tienes que perseguirlo para saber si avanzó, si está bloqueado o si simplemente se quedó mirando la pared. Y lo peor: cuando por fin termina, se queda en silencio absoluto, esperando a que yo le pregunte qué hacer a continuación.

Lo más frustrante es que este comportamiento es casi un estándar en programadores con años de experiencia. Se escudan en su seniority, en sus supuestas buenas prácticas y en sus mañas adquiridas para justificar una pasividad absoluta. La experiencia, en muchos casos, no es más que un año de trabajo repetido diez veces.

Pero esto no es exclusivo de los veteranos. También veo este síndrome en recién egresados, aunque en ellos se manifiesta de otra forma. Tienen el talento, pero les falta el enfoque. A estos perfiles siempre les digo lo mismo: Me gustaría escucharles hablar de programación con la misma pasión y fuego con el que me explican los detalles de su emprendimiento personal o las tácticas de su equipo de fútbol favorito. Si tu código no te enciende tanto como tu hobby, estás en la profesión equivocada.

Las buenas prácticas se aprenden, se leen en libros y se corrigen en una revisión de código. El hambre, la curiosidad insaciable y la proactividad son rasgos de personalidad. Prefiero un equipo que me desafíe, que me haga perder la paciencia por su exceso de preguntas y que siempre busque el siguiente reto, antes que un grupo de expertos que escriben código perfecto pero que necesitan que los lleven de la mano.

La tecnología avanza demasiado rápido como para depender de personas que solo hacen lo que se les pide y nada más.

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