
Cuando era adicto, lo más difícil fue preguntarme qué haría sin la droga. Hoy los profesionales se endeudarán por no perder su acceso a la IA
Durante años fui dependiente de las drogas. El verdadero problema nunca fue el químico en sí. La trampa mortal era la facilidad para evadirme. Para no mirar mis miedos, mis frustraciones y mi propio vacío. La droga era solo el atajo para no enfrentar mi interior.
Hoy observo el entorno corporativo y veo a miles de personas atrapadas en la misma red. Han cambiado los viales por los cuadros de texto. Los gurús de turno venden la misma fantasía de siempre. Te dicen que la inteligencia artificial resolverá todos tus problemas, que automatizará tu existencia y que te regalará horas libres.
Pero la dependencia ha cruzado un umbral aterrador. Ya no es solo una herramienta, es un órgano vital artificial. La gente hoy es literalmente adicta a la inteligencia artificial y no podría operar sin ella. Si los modelos suben los precios de sus mensualidades mañana, muchos serán capaces de endeudarse, pedir créditos o hipotecar su futuro solo para mantener el acceso. Estarán dispuestos a sacrificar su estabilidad financiera con tal de no enfrentar la pantalla en blanco sin su asistente algorítmico.
Lo que más perturba es la intencionalidad detrás de este modelo de negocio. Las corporaciones que desarrollan estos modelos saben exactamente lo que hacen. Conocen nuestra aversión al esfuerzo cognitivo. Te enganchan con la promesa de la productividad absoluta y, una vez que tu cerebro se acostumbra a la pereza y tu flujo de trabajo colapsa sin su ayuda, suben la tarifa. Saben que pagarás. Saben que no tienes alternativa porque ya delegaste tu capacidad de pensar.
Estamos entregando nuestro intelecto a cambio de una falsa sensación de control. Usamos estas herramientas para no pensar, para no esforzarnos, para no lidiar con la complejidad de nuestro propio trabajo.
Cuando era adicto, la pregunta que me atormentaba era qué haría cuando la sustancia desapareciera o cuando no tuviera dinero para comprarla. Hoy esa interrogante es inminente para cualquier profesional. ¿Qué haremos cuando la mensualidad sea impagable y nos quedemos solos, sin deudas que pagar pero sin cerebro para trabajar?
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