Antes la discriminación era por raza, hoy es por conocimiento
Hace décadas, los prejuicios se construían sobre el color de piel o el origen geográfico. Hoy, en la industria tecnológica, hemos levantado otro tipo de barrera: la meritocracia mal entendida. Aquellos que dominan ciertos frameworks, lenguajes o metodologías se erigen como guardianes de un templo al que solo acceden los iniciados. El resto, simplemente, no merece estar.
Observamos cómo en entrevistas técnicas se exige dominio absoluto de herramientas que ni siquiera usarán en el puesto. Cómo en foros online se ridiculiza a quien comete un error de sintaxis. Cómo se juzga la valía profesional por la cantidad de repositorios en GitHub o por haber trabajado en Silicon Valley. Olvidamos que todos fuimos principiantes alguna vez. Que el autodidacta de provincia puede aportar más perspectiva que el egresado de una universidad prestigiosa con mentalidad cerrada.
Esta jerarquía del saber es peligrosa porque confunde velocidad de aprendizaje con inteligencia. Equivoca experiencia acumulada con superioridad humana. Y lo más grave: elimina la diversidad de pensamiento que tanto necesitamos para resolver problemas complejos. Un equipo homogéneo en conocimientos genera soluciones homogéneas. La innovación nace del choque entre miradas distintas, no del eco de egos similares.
El verdadero profesional no mide su valor por lo que sabe, sino por su capacidad para multiplicar el conocimiento de quienes le rodean. Quien enseña sin condescendencia, quien escucha sin juzgar, quien reconoce que la tecnología evoluciona más rápido que cualquier currículum. La humildad técnica no es debilidad; es la única forma de permanecer relevante en un sector que reinventa sus reglas cada seis meses.
Detrás de cada programador senior hay alguien que alguna vez no supo qué era un bucle. Detrás de cada arquitecto cloud hay quien confundió HTTP con FTP. La diferencia no está en el punto de partida, sino en la disposición para caminar junto a otros en lugar de pisotear sus pasos.
Construyamos industrias donde el acceso no dependa del capital cultural previo, sino de la curiosidad y la ética de trabajo. Porque la tecnología debería democratizar oportunidades, no crear nuevas castas digitales.
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