Cada día las empresas buscan mas por menos

Te piden una orquesta completa, pero solo pagan al que toca el triángulo

Hay una oferta laboral circulando que resume mejor que cualquier informe de mercado lo que está pasando. Buscan un profesional con arquitectura de software, desarrollo full stack, soporte en producción, gestión de stakeholders, nivel de inglés C1 y, de preferencia, certificación en cloud. El salario: el mismo que hace cinco años se ofrecía por uno solo de esos roles. Y la modalidad: presencial, porque “así se integra mejor el equipo”.

No es un caso aislado. Es la norma disfrazada de ambición corporativa.

El perfil del hombre orquesta se ha convertido en el santo grial de los departamentos de recursos humanos. Un solo individuo que componga, dirija, ejecute, atienda al público y, si sobra tiempo, barra el escenario al terminar la función. Todo por el mismo precio que antes costaba un solo instrumento.

Y lo más preocupante no es que lo pidan. Lo preocupante es que lo hemos normalizado.

Te contratan como desarrollador. Al tercer mes ya haces QA. Al sexto, hablas con el cliente porque “nadie conoce mejor el producto que tú”. Al año, presentas la demo al comité de dirección. Tu compensación por esa escalada silenciosa de funciones: un “excelente trabajo” en la reunión de los viernes, una caja de pizza el día del lanzamiento y, si hay suerte, un día libre que probablemente termines usando para adelantar pendiente.

El mensaje que recibe ese profesional es brutal en su simplicidad: tu versatilidad no es un activo que se cotiza, es una puerta abierta para cargarte más sin abrir la billetera.

Y cuando alguien lo señala, la respuesta institucional suele ser un “aquí somos una familia” o un “es que estamos en fase de crecimiento, necesitamos que todos empujemos”. Traducción: la empresa crece, el presupuesto no, y la diferencia la absorbe tu jornada laboral de catorce horas.

Lo que antes se llamaba explotación con otro vocabulario, hoy se empaqueta como cultura de alto rendimiento. Se celebra al que dice sí a todo, se promociona al que nunca pone un límite, y se reemplaza en silencio al que pregunta “¿esto entra en mi rol?”.

Mientras tanto, las ofertas laborales se redactan como listas de deseos navideños: cinco tecnologías, tres idiomas, disponibilidad 24/7, pensamiento estratégico y espíritu emprendedor. Todo para un puesto junior con dos años de experiencia. Porque claro, si pides la flauta, el agua y el inglés al mismo tiempo, alguien aparecerá. Y si no aparece, se baja el salario y se sube la exigencia.

No se trata de romanticizar la especialización ni de negar que los perfiles híbridos existen y aportan. Se trata de que cada responsabilidad adicional tiene un costo, y que trasladar ese costo sistemáticamente al trabajador no es eficiencia operativa: es una decisión financiera que alguien tomó y que conviene señalar.

La próxima vez que una empresa publique una vacante pidiendo un unicornio políglota que además haga malabares con tres áreas distintas por un salario de una sola, quizás valga la pena preguntar: ¿buscan un profesional o buscan que alguien les resuelva un problema de presupuesto con su salud mental?

Porque el delivery impecable no debería ser sinónimo de silencio. Y un “gracias” no es un plan de carrera.

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