Cómo el deporte te ayuda en tu trabajo

Durante años he escuchado a colegas presumir de sus noches sin dormir, de sus fines de semana perdidos frente a la pantalla y de su capacidad para “quemar la vela por ambos extremos”. Se celebra el agotamiento como si fuera un logro. Pero hay algo que pocos mencionan, y menos aún practican: el deporte no es un lujo ni una distracción. Es una herramienta estratégica.

No soy atleta profesional. Nunca lo fui. En mi juventud jugaba tenis con entusiasmo más que con talento. Hoy salgo a correr por las calles de mi ciudad, no para competir, sino para mantenerme en pie —mental y físicamente— en un mundo laboral que exige cada vez más, pero recompensa cada vez menos. Y aquí está el punto incómodo: mientras muchos se jactan de su productividad extrema, pocos reconocen que su rendimiento real está limitado por un cuerpo descuidado y una mente sobrecargada.

Tu cuerpo no es un accesorio de tu carrera. Es la base sobre la que construyes todo. Si lo maltratas, tarde o temprano te cobrará la factura. No hablo solo de enfermedades o lesiones, sino de algo más sutil: la pérdida de claridad mental, la irritabilidad creciente, la incapacidad para tomar decisiones complejas bajo presión. El cerebro necesita oxígeno, circulación, ritmo. Y eso no lo da el café ni las horas extras. Lo da el movimiento constante.

En mi caso, el running no es un escape. Es una preparación. Antes de enfrentar reuniones tensas, antes de diseñar arquitecturas técnicas o revisar líneas de código críticas, necesito que mi mente esté despejada. Y he comprobado que, después de correr, incluso los problemas más enredados parecen tener una salida. No es magia. Es fisiología. El ejercicio mejora la neuroplasticidad, reduce el cortisol y estimula la dopamina. En otras palabras: piensas mejor, decides mejor, lideras mejor.

Y sin embargo, en muchas empresas, hacer deporte durante el día sigue siendo visto como una falta de compromiso. Como si dedicar 45 minutos a cuidar tu salud fuera una traición a la causa. Algunos incluso se disculpan por ir al gimnasio, como si estuvieran cometiendo un pecado. ¿Desde cuándo cuidar de uno mismo se volvió una debilidad?

Peor aún: en entornos donde se valora más la apariencia de estar ocupado que los resultados reales, el deporte se convierte en un acto de resistencia silenciosa. Porque implica priorizar tu bienestar sobre la ilusión del heroísmo laboral. Implica decir, sin palabras, que no estás dispuesto a quemarte para alimentar un sistema que no te devolverá nada a cambio.

Claro, no todo el mundo tiene el mismo acceso al tiempo, al espacio o a la energía. Pero sí todos tenemos la posibilidad de elegir, dentro de nuestras circunstancias, cómo tratamos nuestro cuerpo. Y esa elección tiene consecuencias directas en nuestra capacidad profesional. La disciplina que se cultiva en una rutina deportiva —levantarse temprano, cumplir con una meta diaria, superar el cansancio— se traslada inevitablemente al trabajo. La misma convicción que te hace salir a correr bajo la lluvia es la que te permite terminar ese proyecto que todos dieron por imposible.

No se trata de convertirse en un fanático del fitness. Se trata de entender que el rendimiento humano no es solo intelectual. Es físico, emocional, energético. Y si ignoras una de esas dimensiones, estás operando a medio gas.

Así que la próxima vez que alguien te diga que “no tiene tiempo para hacer ejercicio”, pregúntale cuánto tiempo pierde en días nublados de baja productividad, en errores evitables, en decisiones apresuradas. Quizás descubra que el verdadero lujo no es el deporte… sino la excusa de no hacerlo.

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