Cuando un certificado reemplaza a la experiencia real
Hoy en día es más fácil que nunca decir que sabes algo.
No necesitas haberlo aplicado, no necesitas haberlo fallado cientos de veces, no necesitas siquiera haberlo entendido del todo. Basta con que hayas pagado por un curso de dos semanas, recibido un PDF con tu nombre escrito en una fuente bonita y publicado una foto sonriente posando frente a una pantalla con el título del curso en grande.
Y listo. Ya eres experto.
Peor aún: ya te sientes con autoridad para enseñar, corregir, dictar normas, e incluso exigir respeto por algo que apenas rozaste. El certificado se convierte en tu escudo, tu pasaporte a la credibilidad, aunque tu experiencia práctica sea nula. Y lo más curioso es que esta actitud no solo se tolera, sino que se celebra en entornos profesionales donde lo que debería valorarse es el resultado, no el rótulo.
No es raro ver a líderes de equipo —sí, de esos que dirigen personas, proyectos y decisiones— intentar ganar autoridad en reuniones señalando, casi como si fuera un título nobiliario: “Yo hice un curso en XYZ”. Como si eso bastara para demostrar competencia. Como si un fin de semana de talleres sustituyera años de ensayo, error y madurez técnica o humana.
La ironía es que, lejos de ganar respeto, lo que consiguen es justo lo contrario. Porque en el fondo, todos sabemos que el conocimiento no se mide en sellos digitales, sino en cómo te comportas cuando las cosas se ponen difíciles. ¿Sabes resolverlo? ¿Sabes guiar a otros sin necesidad de recordarles tu “formación”? ¿Puedes enseñar sin necesidad de imponer?
Recuerdo una vez a alguien que celebraba con entusiasmo haber completado un curso de primeros auxilios. Hablaba con la seguridad de quien ha salvado vidas. Pero cuando una situación real se presentó —sangre, heridas, caos— no sólo no actuó, sino que se alejó. Le daba pánico la sangre. El curso había sido una experiencia teórica, una caja de herramientas jamás probada en la realidad. Y sin embargo, durante meses usó ese certificado como si fuera una credencial profesional. No era maldad, era simplemente desconexión entre lo que se cree y lo que se puede hacer.
Esa desconexión se ha multiplicado exponencialmente en redes como LinkedIn, donde compartir un logro —por más trivial que sea— se ha convertido en una moneda de cambio emocional. No se publica para inspirar, ni para documentar un camino. Se publica para ser visto como alguien “preparado”, como si el simple hecho de haber terminado un curso fuera un acto heroico, digno de elogio automático.
Y aquí está el problema de fondo: confundimos el acceso al conocimiento con la posesión del conocimiento. Hoy cualquiera puede ver una clase magistral de un Nobel, leer artículos de vanguardia o descargar plantillas de élite. Pero eso no te hace experto. Lo que te hace experto es el tiempo que pasas transformando esa información en juicio, en criterio, en capacidad de acción bajo presión.
Peor aún: cuando usamos esos certificados como argumento de autoridad, estamos minando algo más valioso que el conocimiento: la humildad. Porque la verdadera experiencia siempre sabe que no sabe todo. Siempre tiene espacio para aprender, para escuchar, para dudar. En cambio, quien presume su “formación” como si fuera una medalla olímpica suele cerrarse a la retroalimentación, a la crítica, a la posibilidad de estar equivocado.
Y eso es peligroso, especialmente si lideras equipos. Porque los equipos no necesitan jefes que les recuerden cuántos cursos han hecho. Necesitan guías que demuestren, día a día, cómo se toman decisiones con integridad, cómo se enfrentan los errores y cómo se apoya sin condescendencia ni superioridad.
El verdadero liderazgo no se construye con diplomas, sino con actos. No con lo que dices que sabes, sino con lo que haces cuando nadie te está mirando. No con lo que presumes, sino con lo que callas porque ya no necesitas demostrar nada.
Así que la próxima vez que pienses en compartir ese nuevo certificado, pregúntate: ¿lo hago para inspirar… o para validar mi ego? Porque si es lo segundo, quizás lo único que estás logrando es revelar lo inseguro que te sientes con tus propias capacidades.
Y eso, paradójicamente, dice mucho más que cualquier curso jamás podría.
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