El hombre orquesta
El mercado tech celebra al profesional que lo hace todo. Ese que despliega en la nube a las 2 a.m., diseña una API limpia antes del desayuno, resuelve conflictos de merge como si fuera un diplomático y, de paso, domina el inglés técnico con acento neutro para impresionar en la daily standup global. Lo llamamos “full stack”, pero en realidad esperamos un full life: alguien que codifique, administre infraestructura, entienda de seguridad, venda su propia solución y, por supuesto, tenga una actitud impecable ante el estrés crónico.
¿Desde cuándo se normalizó exigirle a una sola persona el trabajo de cinco roles distintos?
La industria ha construido un ideal casi inhumano: el ingeniero que no solo sabe programar, sino que también arquitecta, opera, documenta, comunica y hasta media entre stakeholders con intereses contrapuestos. Y si no sabes Docker, Kubernetes, Terraform, GraphQL, OAuth2, y al menos tres frameworks frontend… mejor no postules. Porque, claro, si no dominas todo, es tu responsabilidad. No la de una estructura empresarial que externaliza costos apilando responsabilidades sobre hombros individuales.
Peor aún: este fenómeno no solo se da en startups en modo supervivencia. Grandes corporaciones, con presupuestos millonarios, siguen reclutando “unicornios” en lugar de construir equipos complementarios. Prefieren pagar un salario alto a una persona que queme sus neuronas intentando abarcarlo todo, antes que invertir en especialistas que colaboren de forma sana y sostenible.
Y mientras tanto, la salud mental se convierte en un KPI más: ¿eres resiliente? ¿manejas bien el estrés? ¿tienes buena actitud? Como si la capacidad de aguantar sobrecarga fuera una virtud técnica y no una bandera roja de mal diseño organizacional.
Lo irónico es que esta presión constante por ser “completo” termina generando lo opuesto: superficie sin profundidad. Sabemos un poco de todo, pero rara vez dominamos algo. Escribimos código funcional, sí, pero ¿es seguro? ¿escalable? ¿mantenible? A menudo la respuesta depende de cuántas horas extras estuvimos dispuestos a sacrificar esa semana.
Además, se nos olvida que la verdadera innovación rara vez surge de la acumulación de tareas, sino de la especialización profunda y del tiempo para pensar. Pero hoy, pensar es un lujo. Debuggear en producción a medianoche, no.
Y ni hablemos del inglés. No basta con leer documentación técnica; hay que sonar como si hubieras crecido en Silicon Valley. Si tu pronunciación titubea, tu expertise técnico también se cuestiona. Así, convertimos una herramienta de comunicación en una barrera de clase y geografía, excluyendo talento brillante solo porque no tuvo acceso a ciertos privilegios lingüísticos.
¿Dónde quedó la colaboración? ¿La confianza en los equipos? ¿La idea de que juntos somos más fuertes que cualquier “hombre orquesta”?
En lugar de celebrar la versatilidad, deberíamos cuestionar por qué la exigimos tanto. Porque detrás de cada “profesional altamente competitivo” hay noches sin dormir, proyectos personales abandonados, relaciones deterioradas y, muchas veces, un silencioso agotamiento emocional.
No se trata de no aprender, ni de resistirse al cambio. Se trata de no confundir adaptabilidad con autosacrificio. De no normalizar lo insostenible. Y de recordar que un equipo bien armado siempre superará, en calidad, estabilidad y creatividad, a cualquier individuo forzado a hacerlo todo solo.
Tal vez sea hora de dejar de buscar superhéroes y empezar a construir sistemas donde no se necesiten.
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1 Comentarios
Claudio Nuñez
Lunes 2026 de Enero de 22