El síndrome del tonto útil: la lealtad ciega es tu mayor pasivo

Mirar hacia los lados, ya sea en la esfera pública o en los pasillos de las grandes corporaciones, revela un patrón desgastador pero omnipresente. No hablo de estrategia ni de visión. Hablo de la fabricación de seguidores.

Basta con observar cualquier temporada electoral. Vemos multitudes afónicas de tanto gritar, blandiendo pancartas y entregando su tiempo, sus ahorros y su dignidad a una figura que les sonríe desde un estrado. Prometen erradicar la inseguridad, reducir la pobreza y repartir bonanzas infinitas. El seguidor aplaude, llora y se convence de que es parte de un movimiento histórico.

Pero la historia nos enseña una lección brutal. Una vez ganada la silla, el estrado se cierra. El vocero de a pie, el que repartió los volantes y defendió lo indefendible en las redes sociales, de repente se vuelve invisible. O peor, un estorbo.

Sin embargo, el error garrafal es creer que este comportamiento es exclusivo de la política. Las grandes corporaciones han perfeccionado esta misma arquitectura de la manipulación. Te venden la cultura de la familia, los valores compartidos y el propósito trascendental. Te hacen creer que tu identidad está fusionada con el logo de la empresa.

La dinámica es idéntica a la del mitin político. Eres un engranaje con fecha de caducidad. Se explota tu entusiasmo, se monetiza tu lealtad y, cuando los números de fin de trimestre no cuadran o simplemente cumples tu ciclo de utilidad calculada, la puerta de salida se abre sin ceremonias. Tu supuesta familia corporativa te reemplazará antes de que termines de empacar tu taza de café.

El problema no es que existan líderes oportunistas o estructuras frías. El problema es nuestra propia complicidad. Nos encanta la ilusión de pertenencia. Preferimos abrazar una mentira reconfortante que ejercer el pensamiento crítico. Nos convertimos en el instrumento perfecto para los intereses de otros, defendiendo a nuestros verdugos con un entusiasmo que roza el fanatismo.

La lealtad no es una virtud cuando se entrega a ciegas a una institución, un líder o una marca. Es una rendición.

Es momento de auditar a quién le regalas tu energía. Cuestiona los discursos grandilocuentes, desconfía de las promesas de pertenencia eterna y entiende que en el tablero del poder, si no eres el que mueve las piezas, eres la pieza que será descartada.

Despierta. Tu valor no reside en a quién sirves, sino en tu capacidad para pensar por ti mismo.

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