Estoy a tu disposición pero ojalá no me pidas ayuda
Hace poco, alguien me escribió: “Estoy a tu disposición para lo que necesites”. Sonó cálido, generoso, incluso reconfortante. Horas después, cuando le pedí un minuto de su tiempo para una consulta breve, la respuesta fue un silencio educado seguido de una excusa pulida como si hubiera sido rehecha mil veces. No fue grosería. Fue peor: fue cortesía vacía.
Este tipo de interacción ya no es la excepción. Es la norma en muchos círculos profesionales. Se ha convertido en un ritual social disfrazado de solidaridad: ofrecer ayuda sin intención real de darla. Y lo más curioso es que todos fingimos creerlo. Respondemos con un “gracias, te aviso” sabiendo que jamás lo haremos, porque hemos aprendido que activar esa promesa genera más incomodidad que beneficio.
El problema no es la falta de tiempo o recursos. El problema es la hipocresía estructural del networking moderno. Hoy se valora más la apariencia de ser útil que el acto genuino de ayudar. Se acumulan contactos como si fueran puntos en un juego, con la esperanza de canjearlos algún día. Pero cuando llega el momento de redimirlos, el sistema revela su verdadera naturaleza: transaccional, fría y selectiva.
Peor aún, cuando sí se ofrece ayuda, muchas veces viene envuelta en condiciones invisibles. Un consejo gratuito hoy puede convertirse en una expectativa no dicha mañana. Una introducción a un contacto puede transformarse en una deuda moral que se cobrará con intereses. Así, la generosidad se convierte en moneda de cambio, y las relaciones, en cuentas por saldar.
Esto erosiona la confianza. Y sin confianza, cualquier colaboración profesional se vuelve superficial. ¿Cómo construir equipos, alianzas o comunidades si cada gesto amable se sospecha como táctica? ¿Cómo innovar juntos si primero hay que descifrar si detrás de una mano tendida hay una trampa?
No se trata de idealizar la ayuda desinteresada como algo común. Pero sí de reconocer que, cuando la simulamos sistemáticamente, alimentamos una cultura de fachada. Y en esa fachada, todos perdemos: los que piden, porque aprenden a no confiar; y los que ofrecen, porque terminan viéndose a sí mismos como actores más que como personas.
Algunos dirán que es realismo. Que así funciona el mundo. Que hay que proteger el tiempo, los límites, las prioridades. Y tienen razón… hasta cierto punto. Pero entonces, ¿por qué no decirlo con claridad? ¿Por qué no reemplazar el “cuenta conmigo” por un “me encantaría ayudarte, pero solo si encaja con mi disponibilidad actual”? La honestidad no es rudeza. Es respeto.
La autenticidad no requiere heroísmo. Solo coherencia. Si no puedes ayudar, no ofrezcas. Si ofreces, hazlo desde un lugar real, no estratégico. Porque al final, lo que construye reputación no es cuántos contactos tienes, sino cuántas veces fuiste realmente humano en medio de un sistema que premia lo contrario.
Y quizás, solo quizás, si empezamos a valorar menos la cantidad de conexiones y más la calidad de los gestos, podamos recuperar algo que el mundo profesional ha ido perdiendo: la posibilidad de contar con alguien… de verdad.
#NetworkingReal #AutenticidadProfesional #ConfianzaSobreConexiones #CulturaLaboral #HumanidadEnElTrabajo
Deja tu comentario
Su dirección de correo electrónico no será publicada.
0 Comentarios