Hoy me tocó estar en una reunión en la que se pusieron a hablar en inglés

No fue una conferencia técnica, ni una negociación millonaria. Probablemente discutían qué café tomaron esa mañana o si el clima arruinaría sus planes del fin de semana. Pero eso no importa. Lo que importa es que, mientras ellos conversaban con naturalidad, yo permanecí en silencio. No por falta de ideas, ni por timidez. Simplemente porque no tenía las palabras.

Ese silencio no fue cómodo. Fue denso, cargado de preguntas internas: ¿por qué no he avanzado más? ¿cuántas oportunidades más pasaré por alto solo por no poder sostener una conversación básica? ¿hasta cuándo seguiré siendo espectador en mi propia carrera?

Muchos dirán que el idioma no define tu valor profesional. Que lo importante es lo que sabes hacer, no cómo lo dices. Y tienen razón… hasta cierto punto. Porque en un mundo donde los equipos son globales, los clientes están en otro continente y los proyectos se coordinan entre husos horarios, no dominar el idioma común es como intentar navegar sin brújula. Puedes tener el mejor barco, pero si no entiendes las señales del mar, te perderás.

Lo más irónico es que nadie me excluyó. Nadie me miró con desdén ni me hizo sentir menos. Fui yo quien se autoexcluyó al no poder participar. Y ahí radica el verdadero reto: no es que el mercado sea injusto, sino que ha evolucionado más rápido de lo que muchos estamos dispuestos a admitir.

Algunos aún defienden con orgullo que “no necesitan inglés” porque trabajan para empresas locales o porque su nicho técnico es tan especializado que creen estar a salvo. Pero la globalización no pide permiso. Llega igual, con o sin aviso, y recompensa a quienes están preparados.

No se trata de renunciar a tu identidad ni de imitar a otros. Se trata de ampliar tu capacidad de influencia, de colaboración, de aprendizaje. El inglés ya no es un diferenciador; es una llave. Y si no la tienes, estás afuera, aunque físicamente estés adentro.

Salí de esa reunión con una mezcla de frustración y determinación. Frustración por no haber podido sumar, por haberme sentido invisible en medio de voces que fluían con libertad. Pero también con una determinación renovada: voy a seguir estudiando, en silencio, con disciplina, sin esperar aplausos. Porque sé que la próxima vez quiero ser parte de la conversación, no solo del público.

Y no, no es fácil. Requiere tiempo que no tenemos, energía que ya gastamos en el trabajo, y humildad para aceptar que siempre hay algo más que aprender. Pero si queremos construir carreras que trasciendan fronteras —reales o simbólicas—, entonces debemos asumir que el lenguaje es parte de la herramienta, no un adorno opcional.

Quizá suene duro. Quizá incomode a quienes prefieren culpar al sistema antes que mirarse en el espejo. Pero la realidad es esta: mientras tú decides si el inglés es “importante o no”, otros ya están usando ese mismo idioma para abrir puertas que tú ni siquiera sabías que existían.

No se trata de hablar perfecto. Se trata de poder hablar. De poder entender. De poder pertenecer.

Y si hoy no puedes, no pasa nada. Empieza mañana. Pero empieza. Porque el mercado no espera. Y tus competidores, menos.

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