Innovar con plata que no es tuya: el teatro corporativo que asfixia la operación
En las grandes corporaciones se ha instalado una costumbre peligrosa. Se invierten millones en proyectos de innovación, pero el motor no es la eficiencia ni el valor para el cliente. El verdadero motor es el ego. Se innova para la galería, para llenar diapositivas en las juntas directivas, o simplemente porque un directivo necesita demostrar que es capaz de liderar la transformación digital. Total, el dinero sale de las arcas de la empresa, no de su bolsillo personal.
Esta dinámica rompe cualquier noción de espíritu de cuerpo. Las decisiones estratégicas se toman en torres de marfil, completamente desconectadas del piso de ventas o de la línea de producción. Falta sinergia. Falta entender que la tecnología debe estar al servicio de la operación, no convertir la operación en un laboratorio de pruebas para frustrar al usuario final, que en este caso es el propio empleado.
Imaginemos por un segundo al trabajador de primera línea. El que está cara a cara con el público. Para realizar su tarea diaria, esta persona debe buscar un mismo dato en veinte aplicaciones distintas que no se hablan entre sí. Pero eso es solo el comienzo.
Ahora, sumemos los gadgets corporativos. Tiene que operar con una cámara corporal porque a la gerencia se le ocurrió que así identificarán problemas. Lleva un cinturón inteligente que vibra para avisar cuándo reponer stock. Porta un brazalete que mide la temperatura ambiente para supuestamente mejorar el clima laboral. Usa unos zapatos conectados que, según dicen, identifican su género para optimizar los pasillos. Y para rematar, debe usar unas gafas que envían a Recursos Humanos un mapa de sus expresiones faciales para medir su nivel de engagement.
Y lo mejor de todo: tiene que hacer esta coreografía de distracciones tecnológicas mientras atiende a un cliente que solo quiere que le resuelvan un problema en tres minutos.
Podría decir que este escenario es una exageración. Una caricatura. Pero la experiencia en el mercado demuestra que no estamos tan lejos de la ficción. La innovación real no se mide por la cantidad de sensores que le ponemos a la plantilla, sino por la fluidez que le damos a su trabajo.
Es hora de dejar de jugar a los científicos locos con el presupuesto corporativo. Si la innovación no le hace la vida más fácil a quien opera y al cliente que paga, no es innovación. Es un gasto vanidoso.
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