La diferencia entre sólo hablar e ir a hacerlo

Mira la imagen. Dos pares de zapatillas: uno impecable, otro gastado y sucio. El primero lleva la etiqueta “Sólo hablar”, el segundo “Ir y hacerlo”. No hay explicaciones, solo una pregunta silenciosa: ¿qué nos mantiene aferrados al calzado nuevo?
En un mundo donde el discurso se vende como progreso, donde los “me gusta” y los comentarios se confunden con impacto, la acción se ha vuelto un acto subversivo. Celebramos a quienes llenan redes sociales de promesas, pero ignoramos a quienes, con las manos manchadas, construyen algo real. ¿Por qué? Porque hablar es cómodo. No requiere riesgo, no deja cicatrices, no exige que cuestionemos nuestra propia inercia.
La sociedad moderna premia la apariencia de la productividad. Los talleres de “hacking” y los libros de “hackear tu vida” proliferan, pero rara vez abordan la verdad más incómoda: el crecimiento no nace de teorías, sino de errores. De esas caídas que ensucian el suelo y las zapatillas. De los proyectos que fracasan antes de brillar. Sin embargo, seguimos vendiendo la ilusión de que el éxito es lineal, limpio y “instagrameable”.
¿Qué hay detrás de esta adicción al discurso? Miedo. Miedo a equivocarnos, a ser juzgados, a descubrir que no somos tan capaces como creemos. Preferimos ser “expertos en LinkedIn” que constructores en la vida. Hablamos de sostenibilidad, pero no reducimos nuestro consumo. Defendemos causas sociales, pero evitamos confrontar a quienes nos rodean. El discurso nos da la sensación de estar actuando, sin exigirnos el esfuerzo de cambiar.
Y aquí está la trampa: el mundo no se transforma con palabras, sino con pasos. Cada innovación, cada avance social, cada historia de superación, comenzó con alguien que decidió ensuciar sus zapatos. No con un post, sino con un hazlo.
Pero hay un costo. Actuar exige vulnerabilidad. Significa aceptar que no siempre tendremos razón, que fallaremos, que el camino será más lento de lo que prometimos. Mientras, el discurso nos mantiene en una burbuja de “yo sé, yo haré”, donde el único reto es redactar un mensaje que suene inteligente.
¿Qué nos dirá el tiempo? Que las zapatillas limpias se quedarán en el armario, mientras las gastadas contarán historias. Que las promesas vacías se olvidarán, pero las acciones, por imperfectas que sean, dejarán huellas.
La próxima vez que te sientas tentado a compartir otro “esto es lo que debes hacer”, pregúntate: ¿estoy construyendo algo o solo llenando espacio? ¿Mis palabras están alineadas con mis pasos? Si la respuesta es “no”, tal vez es hora de sacudir el polvo de tus ideas y dar el primer paso.
El mundo no necesita más discursos. Necesita más gente que se atreva a ensuciar sus zapatos.
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