La extraña costumbre de pedir perdón para que otros hagan su trabajo

En el ecosistema corporativo actual, gastamos ríos de tinta y horas de consultoría hablando de metodologías ágiles, patrones de trabajo, liderazgo transformacional y buenas prácticas. Sin embargo, existe un silencio ensordecedor alrededor de la fricción más básica del día a día.

Para que tu proyecto avance, a menudo dependes de que otro equipo termine el suyo. Y aquí es donde la teoría choca contra la pared. No puedes simplemente señalar la evidencia y exigir que cumplan con su rol. Si sabes que el retraso responde a pura desidia, tu instinto te diría ser directo. Pero el entorno corporativo te obliga a ser político.

Te toca medir cada palabra, suavizar el tono y, lo más paradójico de todo, terminar pidiendo disculpas por incomodar.

Sí, llegas al punto de disculparte por presionar a alguien para que ejecute las tareas que juró y perjuró cumplir en la reunión de seguimiento mensual. La ironía de tener que rogar por un compromiso que ya estaba firmado en un contrato es simplemente surrealista.

Cuando se menciona la palabra compromiso, el mundo corporativo suele ridiculizar el concepto reduciéndolo a clichés como ponerse la camiseta o afirmar que somos una familia. Pero esto no va de amar a la empresa ni de hacer horas extra por pasión. Va de algo mucho más terrenal y básico: el respeto profesional y la decencia laboral.

El gran tabú de las organizaciones es que existen personas cómodas, estancadas en la inercia, que simplemente no quieren trabajar al ritmo que se les exige. El problema es que señalar esta actitud te convierte en el villano de la oficina y desata una tormenta de represalias políticas. Muchos de estos perfiles llevan años en la misma silla. No buscan crecer, ni aportar valor, ni innovar. Su única estrategia de carrera es mantener un perfil bajo, resistir la inercia y esperar pacientemente a que los despidan para cobrar una jugosa indemnización por años de servicio.

Mientras sigamos normalizando la diplomacia tóxica y el miedo a llamar a las cosas por su nombre, seguiremos perdiendo talento y energía. La verdadera excelencia operativa no nace de los marcos de trabajo de moda, sino de la valentía para exigir responsabilidad sin tener que pedir perdón por ello.

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