Después de las fiestas, entre los restos de pan de pascua reseco y los mensajes que ya nadie lee, volvió a aparecer: el clásico saludo protocolar de fin de año. Ese mensaje que suena exactamente igual en todos los correos, en todos los discursos empresariales, en todos los stories de LinkedIn. “Que este nuevo año esté lleno de logros”, “que se te cumplan todos tus sueños”, “feliz 2026 lleno de bendiciones y oportunidades”.
Bonito, ¿no? Pero huele a plantilla.
No es que esté en contra de los buenos deseos. Al contrario: admiro profundamente los gestos sinceros, las palabras que nacen del conocimiento real del otro, del respeto por su esfuerzo, de la empatía con su lucha. Pero lo que estamos viviendo hoy es otra cosa. Estamos en la era del copypaste emocional: mensajes diseñados para generar cercanía sin invertir un segundo en conocer a quien los recibe.
Empresas que ni siquiera saben si seguís en el equipo te felicitan por “todo lo que lograste este año”. Marcas que jamás respondieron tu correo de soporte te desean “éxito en cada meta”. Líderes que pasaron doce meses ausentes, invisibles o indiferentes, aparecen el 31 de diciembre con un discurso coreografiado sobre “el valor del equipo” y “el poder de la unidad”.
¿Dónde estaban esos deseos el día que te quedaste hasta las 10 p.m. corrigiendo errores que no cometiste? ¿Dónde estaba esa unidad cuando tu propuesta fue ignorada sin siquiera una explicación? ¿Dónde estaba la bendición cuando necesitaste un aumento y te respondieron con un “estamos en momentos delicados”?
Lo más inquietante no es la hipocresía. Es que ya ni siquiera se esfuerzan en disimularla.
Estos mensajes no son buenos deseos. Son estrategias. Fidelización disfrazada de afecto. Remarketing envuelto en emoticones de fuegos artificiales. Un recordatorio calculado para que no olvides que existen, aunque no hayan hecho nada para merecer que los recuerdes.
Y lo peor es que muchos los compramos. Nos sentimos halagados, aunque sepamos, en el fondo, que es vacío. Porque queremos creer que hay alguien al otro lado que de verdad se alegra por nosotros. Que ve nuestro esfuerzo. Que valora nuestra existencia más allá de lo que aportamos a su métrica de rendimiento.
Pero no. Solo somos destinatarios de un mail automatizado, parte de una lista segmentada, un número que se suma a la tasa de apertura del primer día del año.
Hemos normalizado tanto la superficialidad que ahora nos emociona un “paso increíble 2025” firmado por un remitente que ni siquiera conoce nuestro nombre completo. Y lo peor: lo replicamos. Nosotros también caemos en el juego. Enviamos nuestros propios mensajes genéricos, con frases recicladas de posts virales, sin detenernos a pensar si lo que decimos tiene sustancia o solo es ruido decorativo.
¿Qué pasaría si, en vez de desearle a alguien “éxito en sus metas”, le preguntáramos cuáles son esas metas? ¿Qué pasaría si, en vez de celebrar “el gran año del equipo”, reconocemos públicamente quiénes hicieron posible ese año? ¿Qué pasaría si los mensajes de fin de año fueran tan específicos como los problemas que enfrentamos a lo largo del año?
La autenticidad no se improvisa. No se programa en Mailchimp. No se copia de una guía de “10 frases motivadoras para fin de año”. Nace del tiempo, de la atención, del interés genuino. Y eso, hoy, es más escaso que un cliente que pague sin regatear.
Tal vez el verdadero deseo de año nuevo no debería ser que “todo te salga bien”, sino que dejes de aceptar lo falso como suficiente. Que exijas coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Que dejes de confundir palabras bonitas con gestos reales.
Porque los buenos deseos ya no cuestan caro. Solo un clic, una plantilla, un emoji de corazón. Pero el respeto… el respeto sigue siendo caro. Tan caro, que pocos están dispuestos a pagarlo.
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