Maratón Viña del Mar 2026, misión cumplida
Hace muchos años le prometí a mi abuela que correría una maratón cada año. Mi palabra es un documento y no tengo la costumbre de romperlos.
Aclaro de entrada que no soy un atleta nato ni un deportista de élite. Mi cuerpo se resiste a cada paso y yo intento negociar con él, con más voluntad que talento y una buena dosis de humor. Hoy me duele todo, así que puedo confirmar que las negociaciones no fueron precisamente amistosas.
Este año dejé el alma en las calles de Viña del Mar. Participé en los 10 kilómetros de la Maratón de Viña, envalentonado por el apoyo del público y acompañado en esta aventura por Yelimar. Compartir esta jornada con ella también forma parte de lo que me llevo.
Sí, fueron 10K. Tengo clarísimo que una maratón son 42,195 kilómetros y una media maratón, poco más de 21. Pero para quienes no vivimos del deporte, completar esos diez kilómetros entre subidas, bajadas y un cuerpo que empieza a presentar su renuncia representa un logro enorme. El mío presentó la renuncia varias veces. No se la acepté.
Aquí viene algo que probablemente les va a molestar a algunos.
Me carga esa necesidad de convertir cada experiencia en una vitrina para las redes sociales. Parece que ya no basta con hacer algo: hay que publicarlo, mostrar cuánto sufrimos y esperar que los demás certifiquen que el esfuerzo valió la pena. Hasta el running termina convertido en otra extensión de la cultura de la productividad: más rápido, más lejos, mejor tiempo, mejor captura de pantalla.
Tener metas y buscar un récord personal puede ser una motivación estupenda. El problema aparece cuando la aprobación ajena empieza a dirigir la carrera y el reloj parece tener más autoridad que el propio cuerpo. Cuando importa más cómo se verá la hazaña en el teléfono que cómo se está viviendo sobre el asfalto.
A quienes corren pendientes de esa aprobación, les dejo las métricas y los likes. Yo ya tengo suficiente intentando que mis piernas acepten dar el siguiente paso.
Para mí, correr es una batalla campal contra el sufrimiento. Y, aunque suene extraño mientras escribo con todo el cuerpo adolorido, adoro la adrenalina de esa pelea.
Es una lucha cuerpo a cuerpo contra el cansancio, contra el dolor muscular y contra esa sensación desesperante de que el aire no alcanza. Es buscar energía cuando el tanque está vacío. Es mirar una subida y preguntarte quién tuvo la brillante idea de ponerla justo ahí. Es sentir que la meta se aleja mientras tú avanzas cada vez más lento.
Y este año, al menos para mí, el circuito se sintió más duro que nunca.
Hay momentos en los que el cuerpo pide parar y uno tiene que decidir cómo seguir. Bajar el ritmo, recuperar el aire, concentrarse en unos pocos metros. Después en otros. En esas circunstancias, diez kilómetros dejan de ser una cifra pequeña: cada uno pesa y se siente.
Sin embargo, en medio de esa agonía hay instantes de una belleza brutal.
Está el privilegio de ver el mar mientras las piernas todavía responden. Están los gritos de ánimo del público, que llegan justo cuando empiezas a quedarte sin fuerzas. Está la camaradería de compartir el asfalto con desconocidos que también van librando su propia batalla. Una sonrisa o unas palabras de aliento pueden darte ese pequeño impulso que ya no sabías de dónde sacar.
También están las escenas que me hacen levantar una ceja: gente pendiente de la cámara, de conseguir la toma perfecta o de transmitir en vivo mientras corre. A veces parece que el público del teléfono pesa más que la experiencia misma. Yo, mientras tanto, bastante ocupado estaba intentando administrar el poco aire que me quedaba.
Pero lo que más me marcó fue ver a tantas personas mayores corriendo con una sonrisa. Me hicieron pensar en el lugar que quiero darle al deporte en mi vida. Quiero llegar a esa edad y seguir teniendo ganas de estar ahí, de moverme, de participar y de disfrutar el camino.
Al final, amo el cosquilleo en el estómago antes de la salida y esa satisfacción enorme al cruzar la meta. Amo saber que cumplí mi promesa una vez más, incluso después de todos los reclamos de mi cuerpo.
Esta experiencia me ayuda a descargar el estrés de mi trabajo y a salir, por un rato, de las responsabilidades que me ocupan la cabeza. Durante la carrera, mi atención cabe en algo tan concreto como respirar, avanzar y llegar al siguiente punto.
El evento de este año estuvo impecable. Todo se sintió organizado y ordenado, así que mis felicitaciones a quienes hicieron posible esta jornada y a quienes nos animaron desde las calles.
Si tuviera que dejar un mensaje, sería este: dejen de correr tan pendientes de la validación externa. Que la foto sea un recuerdo de lo vivido, no la razón por la que salieron a vivirlo.
Yo me llevo una jornada compartida con Yelimar, el cariño del público y otra promesa cumplida a mi abuela.
También me llevo un dolor muscular que mañana seguramente tendrá mucho que decir. Hoy ya está bastante conversador.
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