Me acusaron de arruinar a mi equipo técnico. Tengo la conciencia tranquila

Me señalaron directamente. Me dijeron que los estoy malcriando, que les estoy robando la oportunidad de crecer y que mi forma de liderar es un error garrafal. Tengo la conciencia totalmente tranquila.

Mi metodología de trabajo es simple y quizás muchos la consideren un pecado capital en el desarrollo de software. Yo me encargo de cocinar todo lo difícil. Armo las bases, diseño la estructura de los frameworks, configuro las conexiones a bases de datos, estructuro las funciones lambda y preparo las colas de mensajes.

Cuando el equipo recibe el entorno, solo tiene que concentrarse en aplicar la lógica de negocio. Nada más.

Recientemente me comentaron que esta actitud es un error grave. Que les estoy quitando la oportunidad de enfrentar el caos, de romperse la cabeza resolviendo problemas de infraestructura. Que los estoy convirtiendo en simples ejecutores. Discrepo por completo. Y no solo les entrego la llave, les explico cómo se fabricó la cerradura.

Me preocupo profundamente por enseñarles qué hice y por qué lo hice. La base está servida, pero el conocimiento de la arquitectura se los transmito en cada sesión. Quiero que entiendan la raíz de las decisiones para que ellos también puedan tomar esas bases, comprenderlas y replicarlas en el futuro.

Pero mi trabajo no termina en la infraestructura. Los incentivo constantemente a estudiar, a salir de su zona de confort, a aprender tecnologías nuevas. Genero pequeños liderazgos dentro del equipo para que se potencien, para que sientan el peso de la responsabilidad y el orgullo de guiar a otros. No quiero ejecutores, quiero futuros arquitectos. Y hay una regla innegociable en mi gestión: el escudo y el escenario.

Si hay errores, son míos. Si llegan las críticas, las recibo yo. Si hay regaños hacia mi equipo, los absorbo yo y no dejo que les salpiquen. Pero cuando hay felicitaciones, me aseguro de que sean para ellos. Cuando llegan los reconocimientos, me encargo de que el foco esté siempre en su talento y en su esfuerzo, nunca en mi figura.

Un buen líder sin un buen equipo detrás no es absolutamente nadie.

Quizás no los estoy preparando para sufrir en el barro. Quizás los estoy protegiendo para que entreguen valor real y para que crezcan en un entorno donde el error no se castiga, sino que se absorbe.

Si eso me hace un mal mentor según los puristas del sufrimiento técnico, que así sea. Mi equipo entrega rápido, el código es predecible, aprenden constantemente y nadie termina frustrado.

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