Me genera malas sensaciones ver profesionales tan caros y con tan poco aporte real
Hemos normalizado el absurdo. En el ecosistema corporativo actual, asistimos a un mercado donde las tarifas se disparan hacia la estratosfera mientras el impacto tangible se desploma.
Las presentaciones impecables, los títulos rimbombantes y los costes por hora que desafían la lógica se han convertido en el estándar de la supuesta excelencia. Sin embargo, si analizamos el entregable final, el resultado suele ser un compendio de obviedades envuelto en jerga de manual. Se factura por una supuesta experiencia acumulada, pero se entrega un diagnóstico que cualquier analista interno podría haber sintetizado en una tarde.
El problema de fondo no es solo de quien cobra de más, sino de la organización que lo consiente. Existe una extraña necesidad corporativa de validar las decisiones a través de expertos de alto coste. Pagar una fortuna por un informe que simplemente confirma lo que el equipo de casa ya sabía no es una estrategia, es un impuesto al ego directivo. Hemos cruzado la línea de confundir el precio con la valía.
Mientras sigamos premiando la estética del conocimiento sobre la ejecución real, seguiremos financiando la ineficiencia. Los perfiles que realmente resuelven problemas complejos y generan retorno medible están siendo desplazados por vendedores de narrativa con excelentes habilidades de oratoria. El mercado, en su ceguera, está subsidiando la apariencia.
Es momento de auditar no solo los presupuestos, sino el valor neto de lo que se adquiere. La categoría de un profesional no se mide por su tarifa, sino por la huella operativa que deja al marcharse. Si la factura es de primera clase pero el resultado es un vuelo en clase turista, el sistema de valoración está roto.
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