Mi abuelita me decía que era el más bonito del colegio. Hoy sé la diferencia
Tengo 46 años. Cuando era niño, mi abuela me repetía que era el más bonito del colegio. Durante décadas pensé que era ceguera familiar. Hoy entiendo que protegía mi alma. Me daba combustible emocional para seguir caminando sin miedo. Era amor puro, desinteresado y vital. Su intención era blindarme contra un mundo que a veces es demasiado duro para un niño.
Lástima que el mundo corporativo aprendió la técnica, pero olvidó el sentimiento por completo.
Hoy muchas jefaturas y gerencias replican ese discurso con una precisión quirúrgica y calculada. Te dicen que eres el que mejor se desenvuelve en el equipo. Afirman que tus resultados son sobresalientes comparados con el resto. Te llenan de elogios en las reuniones uno a uno y te prometen un futuro brillante. Pero no lo hacen para cuidar tu espíritu. Lo hacen para mantenerte dócil, enganchado y altamente productivo.
Detrás de ese halago se esconde una transacción fría y unilateral. Quieren darte más responsabilidades por el mismo precio. No les importa que ya estés dando tu cien por ciento hasta los límites de tu salud. Les importa que ellos brillen a través de tu sudor y tu tiempo. Eres la batería invisible que alimenta su ascenso profesional y sus bonos anuales.
El mensaje subyacente es claro: trabaja más, sonríe y agradece el reconocimiento verbal que no se refleja en tu cuenta bancaria.
¿Qué pasa cuando la batería se agota? Cuando el cansancio se vuelve crónico y el agote nubla tu juicio y tu rendimiento. La respuesta del sistema es brutalmente simple y deshumanizante. Te cambian por otro más fresco. Alguien con menos cicatrices, más hambre y dispuesto a creer el mismo cuento. El ciclo se reinicia con un nuevo empleado mientras tú buscas donde recuperar lo perdido en medio del mercado.
Todo tu esfuerzo, esas noches sin dormir, esa ansiedad por cumplir la expectativa del jefe que te decía eras el mejor, quedó en nada. Tu legado se borra con un correo de bienvenida al nuevo ocupante de tu silla. Nadie recordará lo que hiciste, solo lo que el siguiente hará.
La diferencia entre tu abuela y tu jefe es el destino final de tu energía. Uno la quería ver florecer para siempre. El otro solo quería consumirla hasta la última gota para su beneficio inmediato.
No confundas validación estratégica con apreciación real. Tu valor humano no depende de quien firma tu nómina ni de sus elogios temporales.
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