No es bueno nunca hacerse de enemigos, que no estén a la altura del conflicto
Nos han vendido la idea de que el éxito profesional depende de nuestra capacidad para imponer criterios, defender territorios y ganar cada discusión en la sala de juntas. La asertividad se ha convertido en un dogma innegociable. Pero hay un secreto que los directivos rara vez confiesan en público: la mayoría de las batallas en el entorno laboral no solo no valen la pena, sino que pelearlas es un grave error de cálculo.
Cuando alguien intenta provocarte, imponer una idea absurda o robarse el crédito de un proyecto, el instinto natural es contraatacar. Quieres demostrar que tienes la razón. Quieres dejar al otro en evidencia. Sin embargo, si vas a seguir compartiendo oficina, correos electrónicos y presupuestos con esa persona durante los próximos años, destruir su ego en una reunión es un tiro por la culata. Te ganas un enemigo silencioso que entorpecerá tu camino mucho después de que hayas olvidado el motivo de la discusión.
En Chile, un conocido humorista popularizó una frase que debería estar escrita en la puerta de cada corporativo: “siempre de weón”. Traducido al lenguaje de los negocios, significa que a veces la jugada maestra es dejar que los demás crean que son más astutos, que te han superado o que salieron con la suya.
Hacerse el desentendido no es sinónimo de incompetencia. Es un escudo. Es la decisión consciente de priorizar tu salud mental sobre tu necesidad de tener la razón. Que piensen lo que quieran. Tu tranquilidad no tiene precio y su validación no paga las facturas.
Hay una línea muy fina entre ser un profesional exigente y ser un niño grande jugando a la guerra. Como bien dice la letra de una famosa canción de rock, no es bueno hacerse de enemigos que no estén a la altura del conflicto. Hay individuos que creen que están librando una batalla épica por el poder, cuando en el fondo solo están haciendo berrinches corporativos y orinándose encima como niños.
Si te rebajas a su nivel, si entras en su juego de trincheras, ya perdiste. No porque no puedas ganarles, sino porque el desgaste de lidiar con inmaduros drena la energía que necesitas para hacer un trabajo excepcional.
La próxima vez que sientas la urgencia de dar una lección magistral a un colega difícil, hazte un favor. Sonríe, asiente y déjalo creer que ganó la partida. La verdadera inteligencia estratégica no se mide por cuántas batallas ganas, sino por cuántas decides sabiamente ignorar.
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