¿Por qué mi productividad cae en diciembre, pero mi sueldo no?

Dicen que diciembre es un mes de cierre, de balances, de metas cumplidas o incumplidas. Pero si uno observa con atención lo que ocurre en muchas oficinas —especialmente en entornos donde prima la flexibilidad sin límites claros—, descubre una contradicción difícil de ignorar.

Es curioso cómo, en esta época, proliferan los mensajes automáticos en los correos y calendarios: “Fuera de oficina: gestionando pendientes personales”. No es raro que esos “pendientes” sean, en realidad, horas dedicadas a buscar regalos, hacer filas en centros comerciales, preparar cenas o armar árboles. Y no hay nada malo en eso. La Navidad es un momento valioso, íntimo, familiar. Pero entonces surge la pregunta: si mi atención, mi disponibilidad y mi energía laboral caen drásticamente en este mes… ¿por qué mi sueldo no?

La empresa, en cambio, no negocia con la puntualidad de los pagos. A fin de mes, la nómina se procesa con la misma rigidez de siempre. No se aceptan excusas tipo “es que en diciembre estoy más enfocado en mi vida personal”. Tampoco hay descuentos automáticos porque decidí usar parte de mi jornada para envolver regalos o coordinar reuniones familiares. El sistema espera que yo cumpla, aunque yo espere que él me permita no hacerlo sin consecuencias.

Esta doble vara no es nueva, pero se vuelve más evidente en diciembre, cuando la cultura del “todo vale” choca con la estructura económica de un empleo. Se normaliza la desconexión emocional del trabajo, pero se mantiene intacta la conexión financiera. Se acepta que la productividad disminuya, pero no que el salario lo haga. ¿No es eso, en el fondo, una forma de vivir del esfuerzo de otros sin estar plenamente comprometido?

Peor aún: esta actitud muchas veces no viene desde posiciones marginales, sino desde roles de responsabilidad. Personas que coordinan equipos, que toman decisiones, que firman entregables… y que en diciembre operan en modo “automático”, delegando, postergando o simplemente desapareciendo bajo la etiqueta de “pendientes personales”. Mientras tanto, quienes sostienen la operación —los que realmente aseguran que el servicio no se caiga, que los reportes se entreguen, que los plazos no se rompan— siguen ahí, sin permiso tácito para priorizar su vida personal, porque la empresa no puede permitirse que todos hagan lo mismo al mismo tiempo.

Aquí aparece el verdadero privilegio: no el de tener vacaciones, que es un derecho legítimo, sino el de poder desconectarse sin consecuencias mientras otros cargan con la responsabilidad. Y lo más irónico es que, cuando llega enero, muchos regresan como si nada hubiera pasado, listos para exigir compromiso, puntualidad y resultados… sin reconocer que, semanas antes, ellos mismos no dieron el ejemplo.

Esto no es un llamado a trabajar sin descanso. Al contrario: es una invitación a ser coherentes. Si valoramos el equilibrio entre vida y trabajo, debemos aceptar que ese equilibrio tiene consecuencias reales. Si decidimos reducir nuestra carga laboral porque diciembre es un mes especial, entonces debemos estar dispuestos a asumir las implicancias de esa decisión: menos productividad, menos impacto, y sí, eventualmente, menos compensación si esa compensación está ligada al desempeño.

Pero no. Preferimos tenerlo todo: el tiempo para la familia, la desconexión emocional del trabajo… y el sueldo completo. Como si el salario no fuera el resultado directo del valor que aportamos, sino un derecho automático que se renueva cada 30 días, independiente de lo que realmente hagamos.

Y no hablemos del doble estándar hacia quienes trabajan en sectores esenciales: enfermeros, carabineros, cajeros, transportistas. Nadie les pregunta si tienen “pendientes navideños”. Ellos trabajan porque el sistema no puede parar… y nosotros aprovechamos ese sistema para tomarnos un respiro sin culpa.

¿Es justo? ¿Es sostenible?

Quizás el verdadero problema no es diciembre, sino una cultura laboral que ha confundido flexibilidad con permisividad, y que ha normalizado la desconexión selectiva mientras se exige entrega absoluta el resto del año. Pero no se puede exigir coherencia a los demás si no la practicamos nosotros mismos.

Así que la próxima vez que pongas “fuera de oficina por pendientes personales” en pleno diciembre, pregúntate: ¿estoy realmente desconectado… o solo desconectado cuando me conviene?

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