Qué complicado es tener que pedirle despacito y por favor a la gente que simplemente cumpla con su trabajo

Hay un silencio ensordecedor en las reuniones de seguimiento. Ese momento exacto en el que se revisan los entregables y la respuesta es un coro de excusas, retrasos y tareas a medias. Lo más grave no es el error. Lo grave es la normalización de tener que rogar para que se ejecute lo básico.

Hemos creado un entorno donde la exigencia mínima se percibe como un ataque personal. El contrato laboral, ese acuerdo mercantil donde se intercambia tiempo y talento por una remuneración, se ha convertido en una simple sugerencia. Ahora, los líderes deben ejercer de tutores de adultez, diseñando dinámicas de motivación constante, regalando validación y suplicando con voz suave para que el personal cumpla con las funciones por las que ya está cobrando.

La cultura de la empatía mal entendida ha mutado en una permisividad tóxica. Se premia la asistencia y se justifica la inoperencia. Cuando alguien no entrega a tiempo, no se le exige; se le pregunta cómo se siente, se le reasigna la carga y se le pide por favor que lo intente de nuevo. Hemos sustituido la meritocracia por la condescendencia. El resultado es un mercado lleno de individuos cronológicamente adultos, pero operativamente adolescentes.

El verdadero daño no es el proyecto que se retrasa. El daño es la erosión del respeto. Cuando un líder tiene que mendigar compromiso, destruye la moral de los que sí cumplen. Los que cargan con el peso de la incompetencia ajena terminan agotados, frustrados y, eventualmente, renunciando. Nos quedamos con los mediocres porque es más fácil bajar el estándar que enfrentar la fricción de pedir excelencia.

Es hora de recuperar la madurez en el trabajo. El liderazgo no consiste en suplicar. Consiste en alinear expectativas, medir resultados y, sobre todo, tener la valentía de señalar cuando el trabajo no se hace. Recibir un salario debería ser la única motivación necesaria para cumplir con el rol. Si hace falta rogar, el problema no es la estrategia, ni el mercado, ni la falta de herramientas. El problema es que hemos olvidado cómo se comporta un profesional.

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