Trabajas por necesidad, pero exiges compromiso
Seamos honestos. La inmensa mayoría no trabaja por vocación, por propósito ni por amor a una misión corporativa. Trabaja porque hay cuentas que pagar, hijos que alimentar y un techo que sostener. Y eso no es un defecto. Es la vida.
Lo que sí es un problema es la falta de coherencia que se instaló en la conversación laboral.
Veo a diario personas quejándose de que su empresa “no los valora”, “no los cuida” o “no tiene compromiso con ellos”. Y al mismo tiempo, esas mismas personas actualizan su CV en horario laboral, responden entrevistas por videollamada desde la sala de reuniones y tratan su puesto actual como una sala de espera. Un trámite. Un “por mientras”.
Y no, no estoy del lado del empresariado. No defiendo salarios injustos ni culturas tóxicas. No se trata de eso.
Se trata de que el compromiso se volvió una exigencia unidireccional. Se le pide al empleador lealtad, flexibilidad, aumentos y reconocimiento. Pero a cambio se ofrece presencia física. Marcar la hora. Cumplir años de servicio como si la antigüedad fuera un mérito en sí mismo, independiente del valor entregado.
Y cuando la empresa reestructura, recorta o cambia de rumbo, la indignación es inmediata. “Después de todo lo que di.” Pero, ¿qué diste exactamente? ¿Tiempo sentado en una silla mientras pensabas en el próximo salto?
El trabajo, para la mayoría, es transaccional. Y está bien que lo sea. Lo que no está bien es disfrazar esa transacción de pacto emocional y luego cobrar la factura afectiva cuando el otro lado actúa con la misma lógica fría.
Conozco casos de personas que llevan una década, quince años, veinte años en el mismo lugar, esperando que llegue “la oportunidad” que los rescate. Que alguien los descubra, los promueva, los lleve a otro lado. Y esa oportunidad no llega. No porque el mundo sea cruel, sino porque nadie viene a rescatar a quien nunca se comprometió del todo con lo que tiene enfrente.
No pido que nadie ame su empleo. Pido que, si vas a estar, estés. Y si no vas a estar, no exijas que el otro finja que sí estás.
La transparencia no es solo pedirle al empleador que muestre sus cartas. También es reconocer las propias.
¿Trabajas por necesidad? Perfecto. Es legítimo. Pero no le exijas a tu empresa un compromiso que tú ya rescindiste en silencio el día que decidiste que ese lugar era solo un puente.
Porque un puente no se habita. Se cruza.
Y del otro lado, muchas veces, no hay nadie esperándote.
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