Trabajo multitarea, la nueva tendencia en las grandes empresas
En los últimos años, una nueva consigna ha empezado a resonar con fuerza en los pasillos de las grandes corporaciones: “trabajador versátil”, “perfil multidisciplinario”, “ágil en múltiples frentes”. A primera vista, suena como una evolución natural del entorno laboral moderno. ¿Quién no querría contar con empleados capaces de adaptarse, aprender rápido y desempeñarse en distintas áreas según las necesidades del negocio?
Pero detrás de esta narrativa de flexibilidad y eficiencia, algo más se mueve en las sombras.
Tomemos el retail, por ejemplo. No es raro hoy encontrar ofertas laborales que exigen, en una sola jornada, atender cajas registradoras, reponer estantes, gestionar mermas, asistir en la fiambrería y, si el flujo de clientes lo permite, incluso limpiar baños o reorganizar vitrinas. Todo bajo la etiqueta de “trabajo en equipo” y “adaptabilidad”. Lo mismo ocurre en entornos gerenciales: se valora cada vez menos la profundidad en una disciplina y más la capacidad de rotar entre proyectos, liderar equipos diversos, manejar métricas imposibles y, a menudo, cubrir roles que ni siquiera están definidos formalmente.
¿Es esto evolución… o merma encubierta?
La ilusión del “superprofesional”
Las empresas celebran esta capacidad multitarea como un síntoma de modernidad. Se presenta como una respuesta inteligente a la volatilidad del mercado. Pero la realidad para quienes viven esta dinámica es otra: se trata, en muchos casos, de la externalización de costos operativos disfrazada de cultura organizacional.
Contratar a una persona para hacer el trabajo de tres no es innovación. Es una estrategia de austeridad disfrazada de agilidad. Y mientras las empresas celebran la “versatilidad”, los trabajadores sufren agotamiento, confusión de roles y una sensación creciente de que, sin importar cuánto hagan, nunca será suficiente.
Peor aún: cuando todo el mundo hace de todo, nadie se especializa. Y sin especialización real, se pierde calidad, se diluye la responsabilidad y se normaliza el error. El “multitasking corporativo” no solo sobrecarga, también banaliza el conocimiento.
El mito del crecimiento por exposición
Otra justificación frecuente es que rotar entre funciones o asumir múltiples responsabilidades “enriquece el perfil profesional”. Sin embargo, rara vez esta rotación viene acompañada de formación real, mentoría significativa o reconocimiento salarial. En cambio, se vende como una “oportunidad de aprendizaje”… mientras las expectativas de desempeño se mantienen al mismo nivel que si la persona hubiera estado años en ese rol.
No es crecimiento profesional lo que se ofrece, sino una sobrecarga disfrazada de desarrollo. Y cuando el trabajador no logra sostener el ritmo, se le culpa por “falta de adaptación”, como si el problema no estuviera en el modelo, sino en él.
Cultura del “hazlo todo, sin quejarte”
Quizás lo más preocupante de esta tendencia es cómo ha normalizado el silencio. Cuestionar la carga de trabajo ya no es visto como un llamado razonable a la sostenibilidad, sino como una señal de debilidad o falta de compromiso.
Y mientras tanto, las empresas siguen premiando, explícita o implícitamente, a quienes aceptan más sin pedir más a cambio. Se genera así un círculo vicioso: quienes se sobrecargan son vistos como “valiosos”, y quienes establecen límites, como “poco colaboradores”.
El resultado es un entorno laboral donde la salud mental se sacrifica en el altar de la productividad ilusoria, y donde la lealtad se mide no por la calidad del aporte, sino por la capacidad de aguantar.
¿Dónde está el límite?
Nadie está en contra de la adaptabilidad. En un mundo cambiante, la rigidez es un lastre. Pero hay una diferencia abismal entre ser flexible y ser explotado. Entre colaborar y asumir responsabilidades que no corresponden. Entre desarrollarse profesionalmente y ser usado como parche para cubrir vacíos estructurales en la organización.
La verdadera eficiencia no se logra sobrecargando individuos, sino diseñando sistemas inteligentes, con roles claros, recursos adecuados y respeto por los límites humanos.
Y si las empresas realmente creen en el talento, deberían invertir en él, no exprimirlo hasta el agotamiento para luego reemplazarlo con otro dispuesto a repetir el ciclo.
Reflexión final
Detrás de la tendencia del trabajador multitarea no hay solo una estrategia de gestión. Hay una apuesta por la resignación colectiva. Por la idea de que, mientras haya alguien dispuesto a hacer más por lo mismo, no hay necesidad de cambiar el sistema.
Pero los humanos no somos recursos infinitos. Somos personas con límites, con necesidades y con derecho a ejercer un oficio con profundidad, no solo con velocidad.
Quizás es hora de dejar de celebrar la versatilidad sin preguntar qué precio se paga por ella. Y de exigir, no solo más responsabilidades, sino más sentido, más equilibrio y más respeto.
Porque si la adaptabilidad se convierte en una excusa para la explotación, entonces no estamos frente a progreso. Estamos frente a una regresión disfrazada de modernidad.
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