“Tranquilo, si tú trabajas sentado”
Esa frase me la han dicho familiares, amigos, vecinos y hasta desconocidos en reuniones sociales. Y cada vez que la escucho, siento que algo se rompe por dentro.
Porque detrás de esa silla ergonómica hay un sistema que se cayó a las 3 de la mañana y nadie entiende por qué. Hay un cliente que exige que “eso de la tecnología” se resuelva en cinco minutos. Hay una junta directiva que tomó una decisión basada en un video de TikTok y ahora el equipo de TI debe hacerla funcionar.
El trabajo del informático es relajado. Claro.
Relajado como lo es estar sentado en la cabina de un avión que pierde altitud mientras 200 personas te miran esperando que hagas algo.
Lo que no se ve desde fuera:
La carga cognitiva constante. El cerebro nunca se apaga. Un error en una línea puede costar millones, y la responsabilidad recae sobre quien escribió esa línea. No sobre quien aprobó el presupuesto insuficiente, ni sobre quien recortó los plazos, ni sobre quien eliminó al equipo de pruebas para “ahorrar”.
Las noches sin dormir resolviendo incidentes críticos mientras el resto del mundo duerme tranquilo. Los domingos arruinados por una alerta que no podía esperar al lunes. La ansiedad silenciosa de saber que un fallo de seguridad puede exponer los datos de miles de personas, y que si eso ocurre, el dedo apuntará hacia ti.
Y luego está el otro frente: la ideologización tecnológica.
Vivimos en una era donde se toman decisiones técnicas basadas en modas, en tendencias de redes sociales, en lo que “suena innovador” en una conferencia de marketing. Se adoptan herramientas porque un influencer las recomendó, no porque resuelvan un problema real. Y cuando la arquitectura se convierte en un Frankenstein de soluciones incompatibles, ¿quién debe mantener eso en pie? El informático. Sentado. Relajado.
El problema de fondo es la invisibilidad del trabajo intelectual.
A un albañil se le ve el esfuerzo: el sudor, el polvo, el peso. A un cirujano se le respeta por las horas de pie en quirófano. Pero al profesional de tecnología se le mide por si “funciona o no funciona”. Si funciona, nadie lo nota. Si falla, todos lo saben.
Esa asimetría es brutal.
Y genera una cultura donde se normaliza el agotamiento mental, donde el burnout se disfraza de pasión, donde decir “no puedo más” se interpreta como falta de compromiso en lugar de lo que realmente es: una señal de alerta.
Así que la próxima vez que le digas a alguien “tú de qué te quejas, si trabajas sentado”, pregúntate esto:
- ¿Cuántas decisiones de alto riesgo ha tomado esa persona hoy mientras tú no lo veías?
- ¿Cuántas veces ha tenido que decir “no” a una idea terrible y aguantar que lo llamen resistencia al cambio?
- ¿Cuántas horas de su vida personal ha sacrificado para que tú puedas abrir tu app bancaria en dos segundos?
Trabajar sentado no es trabajar descansado.
Y confundir la postura con la presión es, como mínimo, una forma muy elegante de invalidar el esfuerzo ajeno.
La silla no quita peso. Solo lo esconde.
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